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7 de octubre de 2005

La flebitis de Rodríguez


Fenecía un Régimen, y su creador, un anciano sobre el que los médicos y familiares se encarnizaban terapéuticamente queriendo retrasar lo inevitable, se apagaba después de un severo proceso de patologías entrecruzadas. El Rey Moro ya había olido sangre meses antes. Oyó hablar de flebitis y abrió milimétricamente los ojos. Sólo unas décimas de segundo. Supo que era el momento de aprovechar el vacío y, con el cinismo que caracterizó su ejecutoria vital, diseñó la Marcha Verde. Ya saben el resto: se jamaron el Sahara, entregado por unas timoratas, abatidas y desorientadas autoridades españolas que bastante tenían con organizar su salida de aquel ocaso político y con tratar de que, puertas adentro, nadie organizase marcha alguna hacia ninguna parte.

Hoy, pasados treinta años y debidamente fagocitado el territorio sobre el que plantaron la bota, el nuevo sultancito, heredero de alguna de las virtudes del zorro que lo parió, ha vuelto a oler sangre. Si antes fue flebitis, ahora es debilitis. La debilitis de Rodríguez, su desconcierto, su entreguismo preventivo, su supuesta desorientación -que tal vez amague una maldad a simple vista inverosímil-, inspiran ahora una nueva marcha a la que, simplemente, se le ha cambiado el color.

De verde a negra. Marruecos, su élite reinante, quiere que España sepa de las inclemencias que le va a proporcionar en el futuro disponer de dos plazas de soberanía en el norte de África. Ante un gobierno resuelto y firme, con claras convicciones de su soberanía y los límites de ésta, un conglomerado de políticos astutos como el marroquí tan sólo podría incomodar puntualmente alguna de sus estructuras; ante un gobierno debilitado por su propia falta de convicciones, por el contrario, puede provocar un magnífico agujero.

Al igual que en el 75, una suma de complejos paralizantes impide al Ejecutivo español de hoy sostener posiciones de fuerza que cualquier gobierno medianamente resuelto adoptaría sin que le temblara el pulso: imaginen a Gran Bretaña si una turbamulta asaltara las débiles fronteras de Gibraltar. Nadie les está pidiendo a las autoridades españolas que disparen con fuego a discreción sobre todo grupo de ciudadanos subsaharianos que trate de violar nuestras fronteras -eso, como se ha comprobado, ya son ellos capaces de hacerlo-; se les está exigiendo que brinden a sus súbditos la tranquilidad de saberse protegidos en su perímetro fronterizo y que mantengan ante un vecino tan sumamente borrascoso como el marroquí una elemental postura de firmeza.

El maestro Fernando Ónega señalaba ayer que todas las medidas que Rodríguez y sus muchachos están adoptando no son sino un canto ridículo a la improvisación. Se levanta otra valla, se devuelve al negrito, se manda al Ejército con porras y silbatos, se les viene a la memoria un acuerdo del 92 mediante el cual se le puede endosar de nuevo al paseante... Todo dudosamente efectivo. Mientras huelan la flebitis seguirán sin impedir las concentraciones al otro lado de la valla y, de forma inferida, facilitarán el asalto, o, directamente, les matarán cuando convenga. Nosotros, entretanto, nos debatimos entre las eternas posturas de OSG (Organización Sí Gubernamental, como son la mayoría) y las frases hechas sobre el hambre y la injusticia o sobre lo que leen o no leen los asaltantes.

La pobreza de toda África, desgraciadamente, no la va a solucionar España dejando pasar a mil o dos mil inmigrantes ilegales al día. Pero sí puede impedir que se produzcan a diario asaltos a nuestros límites territoriales con consecuencias trágicas por el otro lado. Por eso le instamos a que se trate la flebitis, señor Rodríguez, ahora que está a tiempo. Dígale a esta gente tan variable que o bien azuza a desesperados o bien les balasea, que la lesión de este verano en Lanzarote sólo afecta al baloncesto, no al gobierno de la Nación.

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