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14 de enero de 2005

Rodríguez dijo no


Sonó un estruendo en la España radial. Como una saeta afilada y negra, un «no» espeso e impenetrable surgió de las entrañas de Palacio y se esparció velozmente por los puntos cardinales que arrancan de ese rompeolas de secano al que siguen llamando Madrid. No, señor lendakari, mire mi sonrisa, lea mis labios, sonría usted también, que está en España: no puede aplicar su plan, no puede convocar el referéndum, déjelo todo como está o mire usted lo que están haciendo los catalanes, que son más listos; y ahora, sabiendo eso, ¿quiere tomarse una copita?

La sensación estremecedora llegó hasta los restos de los bonsáis que cuidaba Felipe, hasta los álamos que bordean la carretera de La Coruña, hasta los pajarillos que sobrevuelan entretenidos la boca del búnker: el hombre de traje gris dijo «No».

Un «no» bajito y educado, modulado desde ese talante que le hace hablar en una permanente esdrújula: «debo decirle claramente que la posicion gubernamental es contraria a la constitución y en la convivencia de los españoles». Pero vamos, un «no». Dijo «no».

No sería justo, por lo tanto, extender la sombra de la confusión o proyectar la deseada imagen de hombre débil, timorato, melifluo, tenue. Ayer, Rodríguez hizo lo que tenía que hacer: recibir la embestida, reconducirla, torear en redondo y darle salida a la misma. Lo debió de hacer con ese pasmo suyo, que tanto enerva a los toristas, y con esa sonrisilla que se le ha quedado en la cara desde que debutó. Pero lo hizo.

Los habituales socios del inquilino del palacete monclovita lamentarán, desde hace no pocas horas, haber sido testigos de ese estremecimiento por el «no», como los álamos, como los pajarillos, como los bonsáis: los que le dan soporte a él están, en cambio, con el otro, y en esa paranoia van definiendo a diario la política española.

El «no» de Rodríguez, no por esperado menos lamentado, ha abierto otras carnes sobre las que brasear determinadas impotencias: los del PP quisieran que hubiera dicho «yes», pero ha dicho «no» y eso les joroba la estrategia.

Los amiguetes de Izquierda Unida titubean, como las hojas de los árboles de otoño antes de la caída final, y «matizan» su «no» cabreados por no decir «sí», que es lo que quisieran para derribar este Estado injusto lleno de Reyes y católicos. Un tal Juan Boada, portavoz de «Iniciativa per Catalunya» al que el brillante García Barbeito prefiere llamar «Juan Bobada», se ha convertido en un desamortizador renovado, en un nuevo Mendizábal, y ha exigido que las autoridades confisquen los bienes de la Iglesia y conviertan las catedrales en «centros de cultura popular». Es difícil de superar, reconozcámoslo.

Decía que los diputados de IU se han reunido en el taxi que les lleva a todos al Congreso y han decidido no decidir nada y así parecer tan blandos como duros, desear que el toro coja al torero, pero que el torero corte luego dos orejas desde la enfermería. El morbo de los ocultos. El de los confusos, que tanto nos atraen a los buscadores de tesoros y de bobadas.

Ese «no» ha devuelto a los paseantes la confianza en la sobriedad castellana, en la determinación histórica. Muchos meses mareando la perdiz sólo consiguieron desanimar a los que creían que el Estado se defendía desde la firmeza, que no desde la intransigencia. O sea, que se puede decir «no» y no ser un intransigente: ¡qué me dice usted! Al señor que vivía oculto tras un bigote y que atravesaba corriendo de madrugada la espesura de los bosques que circ


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