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12 de enero de 2002

El CAÑERO: La momia francesa


Cada país guarda celosamente un archivo de momias cuidadosamente envueltas en la memoria colectiva. Los franceses, tan suyos siempre, acostumbran a desempolvar alguna de ellas cuando la situación lo requiere y a colocarlas en el mercado por el precio de lo que ellos creen que valen; y casi siempre con éxito. No se explica de otra manera que los europeos tengamos que bailar a estas alturas con la pálida figura de uno de los elementos más caínes que se ha gastado la política francesa: el presidente Valery Giscard D´Estaigne, de turbio recuerdo para los españoles bien nacidos. El que tiene, nada menos, que reformar la UE no es otro que el Jefe de Estado francés que de forma más canalla obturó las aspiraciones españolas a la incorporación europea y el que de manera más cómplice contribuyó a mantener en el país vecino el entramado mafioso y asesino de ETA. Simplemente hagamos memoria. Giscard fue el antipático estadista que ninguneó al esperanzador Rey de España en cuanto este accedió al Trono. Recuerden aquél desayuno especial que hubo que ofrecerle para que admitiera acudir a la coronación de Don Juan Carlos. Giscard fue el insolente presidente que maltrató a Suárez cuando este giró su primera visita al país vecino.

Pregunten por aquella primera entrevista, por aquella primera cena en la que el francés dio por hecho que el español ni siquiera sabría diferenciar un buen vino. Giscard fue el hombre que consiguió irritar al impasible Calvo-Sotelo cuando se negó en una sesión de trabajo a reconocerle ninguno de los desmanes de ETA. Pregunten a don Leopoldo, pregúntenle. Giscard hizo todo lo posible para que España, la misma que hoy preside la Unión, no tuviera acceso al selecto club de países comunitarios con todo tipo de artimañas, desde presionar políticamente hasta agitar sus campesinos a la revuelta y el incendio contra las exportaciones españolas. Giscard fue el responsable definitivo de que a los asesinos de la banda nacionalista vasca se les mantuviera el status de refugiado político, nada menos, en aquellos crueles años en los que día tras día esquilmaban a la población española entre asesinatos y secuestros (años después, la retirada de ese privilegio por parte de otro gobierno francés, valió las airadas protestas del entonces lendakari Garicoechea, hoy lujoso jubilado en Benidorm). Giscard fue Giscard.

Ese era Giscard. El mismo Giscard que ahora se pasea por Moncloa con cara de no haber roto un plato y con la tarea de reformar la Unión. Fue recibido con todos los honores y con cordialidad, como indudablemente no se merece; lo cual no quita para que sepa que algunos, los que engrasamos la memoria, le consideramos una momia peligrosa.


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