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16 de diciembre de 2001

El Príncipe sensato


Disponiendo de información privilegiada que me decía que Alfonso Ussía no iba a meterle el diente a este asunto en su columna de hoy, me permito librar algunas consideraciones acerca del importante anuncio de ruptura de compromiso por el Príncipe de Asturias. Al tanto que, como bien sabemos, no se trata tan sólo de una información de amoríos y amistades. Don Felipe parece haber entendido -bien por sí sólo bien con la inestimable ayuda de su padre- que hay determinados asuntos que trascienden a su vida privada y en los que pone en juego los intereses de toda la Nación, por grandilocuente que parezca. Sencillamente, ha obrado en consecuencia. España no vive el mejor momento para aventuras dinásticas: los años que están por venir habrán de ser tal vez prósperos en lo social y en lo económico -soy optimista-, pero también indudablemente tensos en la política de estabilidad del Estado.

No se puede dejar una sola fisura por donde se cuele tanto dinamitero dispuesto a pulverizar un viejo sueño de siglos. Lo siento, no se puede. Y esa era una rendija peligrosa que había dividido a la opinión pública y empezaba a cuestionar irresponsablemente la propia esencia de la Monarquía. Lamento las heridas que hayan podido quedar en el corazón de ambos, pero los sentimientos del Heredero inciden directamente en el futuro político de todos los ciudadanos y, por difícil que parezca, esta relación poco adecuada podía acabar condicionándolo. Tal vez no, pero tal vez sí, y simplemente la duda ya aconseja que se tome una decisión poco agradable, pero sensata, como la que se anunció el pasado viernes. Fue anunciada, además, de la única forma posible.

De haber comunicado la ruptura de forma oficial, se hubiera reconocido que la relación existió de forma oficial, cosa que no convenía que pareciese, con lo que había que instrumentalizar alguna sutileza oficiosa de este tipo: una declaración formal, que no oficial ni con membrete, en tejanos, ante los perplejos periodistas acreditados en Zarzuela y sin demasiados recovecos en el lenguaje, con toda claridad.

El Príncipe tiene ahora una papeleta nada fácil por delante: sabe que tiene que elegir, tiene que hacerlo ya -que se le va a pasar el arroz- y no puede permitirse lujos exóticos ni aventuras estrictamente personales. La próxima es la definitiva, vaya. Él, como nosotros, sabe que este país nuestro está lleno de jóvenes intelectualmente fornidas, profesionalmente preparadas, de inmediatos pasados intachables e incuestionablemente agraciadas. Se trata de dar con la que tiene que ser.


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