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10 de noviembre de 2001

Dejemos en paz al héroe


Al final no serán los malos los que acaben con el héroe urbano de Madrid que colaboró en desmantelar un comando de ETA; al final seremos los buenos, nosotros, los pelmas de nosotros que andamos detrás de él, hablando de él, conjeturando sobre él. Seremos los suyos, no los otros, quienes hagamos que este hombre se arrepienta de haber salido zumbando detrás de un coche con asesinos y seremos los ciudadanos como él los que consigamos que nadie más quiera emularle.

No se habla de otra cosa en España: la prensa especula con sus perfiles, logra entrevistarle, le dedica portadas diarias; el Poder Judicial ya debate si, en su día, bastante lejano, tendrá que declarar amparado por los «efectivísimos» servicios de discreción de los Juzgados; algunos responsables públicos sugieren abiertamente que han hablado con él y que es un señor «normal» y así y asá. Ese héroe debe estar sintiendo el aliento cada vez más próximo de una masa de curiosos que le persigue bosque adentro y su susto, o su miedo, no es ya que lo reconozcan sus enemigos, sino que lo apabullen sus amigos. Los etarras y su entorno de abogados, políticos y periodistas se están frotando las manos mientras esperan tranquilamente a que el trabajo se lo hagan otros. «Estos españoles -dirán ellos mientras se beben su chacolí- son más bobos de lo que pensábamos». Se deben estar descojonando mientras cuentan los minutos que faltan para que el propio héroe se autodestruya o para que alguien no pueda más y largue su identidad en un pretendido servicio a la libertad de expresión. Qué barbaridad.

Dejemos a este hombre en paz. Literalmente en paz. No volvamos a hablar de él. Como si no existiera. Que se tome unas vacaciones y se vaya a unas islas lejanas donde no llegue la prensa española ni se oigan las radios. Que no escriba cartas ni conteste a entrevistas. Que se vaya, coño, que se calle, que se quite de en medio. Que sepa que si esto sigue así mañana será héroe quien yo me sé. A los asesinos detenidos les encantaría saber quién ayudó a que les atraparan, al igual que le encantó a Valentín Lasarte saber -o creer- que a él le detuvieron por un chivatazo del señor que le vendió aquella bicicleta que compró usando su propio nombre en la factura. Aquél hombre, que lo más probable es que no dijera nada a la Policía, fue asesinado poco después. Pues eso.

Como sigamos jugando con fuego quemaremos a este héroe y ninguno más tendrá ganas de emularle. Joder.

 


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