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14 de julio de 2001

EL CAÑERO: Un cura miserable


Un miserable es como un nenúfar: sobrevive bien visible a los pequeños maremotos de los estanques. Los días que vivimos, que a veces parecen agua estancada, nos han brindado suficiente cháchara como para olvidar que un profesional de la peor miseria campa a sus anchas como ratón de sacristía: Celia Villalobos ha conseguido superar su propia marca de estulticia; Javier Madrazo ha puesto precio a su ideología; los pilotos del SEPLA han demostrado largamente que lo que quieren es acabar con Iberia y con sus trabajadores logrando que la compañía cierre la ventanilla por unas horas; Ibarretxe insiste en que lo que les interesa a los vascos no es tener mejor vivienda, mejor sanidad, mejores carreteras, menos impuestos, sino más referéndums... y ETA ha vuelto a matar.

Sin embargo, me sigue perezoseando por la memoria la actitud de un cura, un cura vasco, que ha negado un responso a un asesinado por otros vascos. Es un cura incardinado, por lo visto, en la mejor tradición de curas cobardes o curas colaboradores, que de los dos ha habido; cura bajo cuya sotana han revoloteado como polluelos tantos asesinos, algunos de ellos hoy parlamentarios. Ese cura, símbolo de tantos curas, no ha querido rezar ante la tumba de Miguel Ángel Blanco y la manada de timoratos que conforman la Conferencia Episcopal española no ha hecho sino callar, que es lo que lleva haciendo media vida.

Su obispo, el tal Blázquez, no ha abierto la boca y el resto de señoritos vestidos de negro no han alzado su voz siquiera un milímetro. ¿En qué clase de Iglesia pretenden que crean los asombrados fieles que solo oyen a sus pastores bramar por un condón y no por el absentismo cristiano de uno de sus funcionarios? El cura campa a sus anchas y el estupor también, siquiera mitigado por la costumbre a la que nos han sometido los usos de aquél Setién que estaba -y está- más cerca de los asesinos que de los asesinados. Totorica, alcalde de Ermua, ha negado el polideportivo en el que EH pretendía celebrar el asesinato de Miguel Ángel: no se sabe si el cura estaba llamado a bendecir a los presentes. Hay un hombre digno entre la escoria, afortunadamente. El alma del concejal asesinado ahora hace cuatro años sigue removiéndose ante el repetido tiroteo al que se la somete: profanaron su vida, han profanado su tumba y ahora profanan su espíritu. Lo acaba de realizar, con absoluta impunidad, un maldito miserable. Un maldito cura miserable.


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