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7 de julio de 2001

EL CAÑERO: Supernena (II)


Los lectores de la edición andaluza de ABC del pasado jueves pudieron deleitarse con un delirante artículo de Jose Félix Machuca dedicado a Celia Villalobos y que debería ser premiado por su ingenio y mala leche. Machuca, uno de los mejores columnistas que ha dado la tierra de por aquí abajo, titulaba 'Supernena' a lo que era un soberbio meneo a la acción política de esta peculiar ministra que tan buenos ratos nos hace pasar a los llamados 'analistas políticos' y que basaba su tesis en el aserto que me deslizó, entre algunas copas de manzanilla sanluqueña, el día en que Celia fue nombrada para el cargo: 'La cosa está como para no ponerse enfermo los próximos cuatro años'.

Parece, visto lo visto, querido Félix, que tampoco va a estar como para hacerse productor aceitero en vete tú a saber cuánto tiempo. Este sector, castigado largamente por los vaivenes analíticos de los nutriólogos, por las políticas de ayuda de los Comisarios europeos, por los fraudes en ventas y compras, por la vampírica competencia italiana y por el reguero de dolor que dejó en la memoria el caso de la colza, acababa de situarse en una buena plataforma de salida para exprimir de la aceituna todo el beneficio que ésta puede darle a un país.

El aceite de oliva español podía comprarse ya en los supermercados norteamericanos y en las mantequerías noruegas, era servido en bastantes restaurantes europeos (en dura competencia, eso sí, con el espantoso aceite de motor que sirven los italianos) y estaba consiguiendo el más difícil todavía: sustituir en los hábitos del desayuno a esa marranada grasienta que se llama mantequilla y que en algunos lugares siguen sirviéndote junto al pan cuando empiezas a comer. Casi nada. No va a tener la Supernena la culpa completa de que todo eso se vaya al traste: en su descargo habrá que decir que si no hubiese avisado del asunto del aceite de orujo, antes o después se la habría acusado de poner en peligro la salud pública para proteger no sé qué intereses privados. Sin embargo sí se le puede achacar el no haber actuado con prudencia y tacto y el haberse vestido de Robin Hood -sin dar la cara- y equivocándose de rico al que robar.

Estoy plenamente convencido de que existen fórmulas para retirar ese aceite y no descalabrar todo un mercado del que viven tantas personas. Para eso se le nombra a uno ministro, para que exprima la imaginación y para que no desbarate negocios sensibles y voluminosos con decisiones precipitadas. Nuestra Supernena Machuquiana se ha equivocado y, como dicen los catalanes, «ja hem begut oli» osea, ya hemos bebido aceite, que viene a ser, más o menos, «ya la hemos jodido».


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