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6 de enero de 2001

La guerra


¿Cuáles son los límites de una guerra? ¿Quién los ha escrito, el vencedor o el perdedor? ¿Qué es el uranio empobrecido? O, mejor ¿cómo se empobrece el uranio hasta el punto justo en el que resulta tolerable por los teóricos de la guerra? ¿Habrá que considerar a estas víctimas de la leucemia como bajas causadas por el fuego amigo ? Por demás: si estamos conociendo los estragos causados en las filas militares propias, ¿podemos siquiera imaginarnos lo que puede haberle ocurrido a los habitantes de la zona, de los cuales, por cierto, nadie dice nada?

Las autoridades competentes ùo incompetentesù echarán balones fuera hasta que la realidad deje de ser inasumible: cuando no haya más remedio reconocerán que la carga de aquellas bombas iba más allá de una mortífera explosión.

Entonces nos volveremos a preguntar todo lo anterior y llegaremos a la conclusión de que las guerras no acaban con el pitido final de la contienda ni con la bandera blanca de los perdedores. Las guerras acaban años después, cuando la lista definitiva de bajas se completa con el nombre de los últimos tullidos y con la muerte del último desgraciado. Ese día se renueva el pliego de buenas intenciones, se firman nuevas normas para matarse y se engrasa el siguiente motor que hará rodar la bola de fuego por la pendiente de la colina. Pero ya estos soldados habrán muerto, y habrán muerto también los desgraciados que pasaron aquella mañana por aquel puente, y aquel chiquillo que tuvo la mala suerte de nacer en zona de conflicto. En las guerras casi nunca muere el que las provoca. Los canallas se atrincheran tras el sistema linfático de sus súbditos y los contrarios no reparan en disparar uranio empobrecido contra los parapetos.

Las tierras son asoladas, las viviendas arrasadas, los ríos envenenados, las masas humanas se echan a caminar, entre bombardeos, buscando una frontera... luego todos se retiran y dejan un regalo radioactivo a los pocos que sobreviven.

Así viene siendo. Pero en la enfermedad desgraciada de esos soldados está escrita la maldición empobrecida de nuestro tiempo.
 

Por eso se lo pido: por amor de Dios, devuélvanme lo que me han quitado.


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