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21 de enero de 2000

Felipe y el futuro


Uno de los signos más evidentes por los que creo que Felipe González no va a volver a la pugna política es que está engordando por días, y cuando un líder se deja ir en las papas con choco es que no está por la pelea del IPC ni por el mitin de Torreblanca ni por la guasa del debate. Si a un líder se le forma doble cuello es que está a punto de conferencias doctrinales y si se le adivina la mano morcillona es que acaba de entrar en el universo de las nuevas tecnologías. En eso está Felipe ahora mismo, engorilao con la globalización, con el nuevo dios de la comunicación y con su profeta la red.

Para el ex presidente, el Congreso de los Diputados no pasa de ser una pachanga jacarandosa. La red es ahora su fuente continua de emoción y eso es hasta tal punto que siente auténtico desdén por aquellos que no han llegado a la verdad inequívoca del bip, que es la verdad que no se ve, que va oculta por caminos bajo tierra o por esos aires plagados de frigolitos y satélites.

Si bien los diferentes planos de su escala mística ya no pasan por retomar el poder, no le importa que sus oponentes y enemigos crean que añora el invernadero de bonsáis de La Moncloa y las llamadas de Bush a medianoche. Eso crea siempre inquietud, pero añorar, sólo añora Doñana, que es donde podía perderse sin ver a nadie y darles así lecciones de política internacional a los gamos.

No, Felipe está en otra cosa desde que conoció a uno de los pocos amigos que tiene (puede contarlos con tres dedos de la mano izquierda): Fernando Flores, ex ministro de Economía de Salvador Allende y uno de los más importantes consultores del mundo. La historia de Flores es vertiginosa: fue detenido y encarcelado por Pinochet y excarcelado por gestión directa de la Administración estadounidense. Se instaló en los Estados Unidos y creó una de las firmas más solventes del mundo en todo lo relacionado con la consultoría y la comunicación. Tiene oficinas en Nueva York y Los ángeles, cena en París y come en Singapur. Conoció a Felipe y se produjo el flechazo intelectual; hasta tal punto que ahora vive en Pozuelo y comparte con González buena parte de su quehacer profesional: recorren el mundo predicando la buena nueva, impartiendo seminarios y conferencias y tratando de incorporar a su club a los emprendedores (que no empresarios) del nuevo milenio. Ambos sostienen que estamos viviendo un cambio de era.

Y ya sólo sabe hablar de eso. De eso y de los pinsapos que siembra en los jardines de sus conocidos. Hay momentos en los que se le dispara el relé y se acuerda de que ha sido uno de los más importantes líderes mundiales (que lo ha sido) y entonces no deja pasar la ocasión de sentar cátedra sobre los asuntos del día: habla de Pinochet y contradice a su partido, habla de la mili y contradice la vaga leyenda de la izquierda, habla de terrorismo (de eso sabe) y resulta extemporáneo, añora a Kohl cuando ya no debería, justifica a Craxi recién muerto y si se encuentra a Solana le conmina a que atienda deferentemente al presidente de Colombia, de visita en Bruselas, ante la perplejidad de Solana, que asegura que siempre trata bien a todo el mundo. Y no es que sólo sepa hablar de la dichosa globalización, es que ya no escucha: sólo habla él. Sus ex ministros le dicen que sí a todo y luego se miran resignados, viendo que el lugar que antes ocupaba Willy Brandt en su corazón ahora lo ocupa Bill Gates.

Esta campaña verá a Felipe asomarse al poyete de los mítines, y le verá acompañado de su íntimo ex amigo Alfonso, fuera de la batalla, ambos pasados de maracas y voceando mensajes, a buen seguro, contradictorios. Guerra dirige una Fundación que viene a ser como un ministerio, pasa dos días en Madrid y se ha aficionado a los tratados matemáticos. Los dos despertarán nostalgias en su electorado y muchos clamarán por su vuelta, a todas luces imposible. Forman parte de un equipo con tanta antigüedad como la selección de Kubala, que es la comparación que mejor se ajusta a la plana mayor del PSOE. Felipe abrirá la boca y volverá a dar la sensación de que por Almunia ùcomo por Borrellù sólo siente una caritativa compasión, que es algo que tiene que ver muy poco con la caridad y mucho con la soberbia.

No obstante, en algún lugar de su intelecto o en algún rincón de su catálogo de maneras debe de guardar el secreto imbatible de su capacidad de fascinación. Su sobrada facultad de seducción, esa que muchos niegan pero que existe, y que ahora ha dejado para aquellos que ven en el teclado de su PC al nuevo becerro de la nueva era, va a acabar convirtiéndose en leyenda.

Muchos pretenden que pase a la historia con la dimensión de Churchill o de Mao Tse Tung. No saben que, de momento, la dimensión que tienen en común es la que deja en el abdomen un mollete de pringá. Para la otra falta la perspectiva de unos cincuenta años.

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