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25 de septiembre de 2015

El amigo a considerar


Colombia es el gran referente americano con el que establecer pactos de largo alcance

Es mas que probable que estemos ante un momento histórico de Colombia, paisaje del sufrimiento por excelencia. En España puede pasar más o menos desapercibido, pero el anuncio de Acuerdo por la Paz en el admirable país sudamericano tiene una trascendencia que no deberíamos ignorar. Por describirlo rápidamente: Colombia ha sufrido el azote del terrorismo desde varios frentes, todos ellos mortíferos, letales, crueles.

Las FARC están configuradas por miles de efectivos ?en su mejor momento cerca de 20.000? que han dedicado su vida a masacrar su país: han volado pueblos enteros, asesinado indiscriminadamente ciudadanos de cualquier lugar, secuestrado políticos, militares, policías, tiroteado familias y bombardeado edificios. Han mostrado una crueldad inusitada y han reventado mediante la violencia cualquier acuerdo de paz que se les hubiese ofrecido. No pocos países les han considerado casi héroes: desde el clásico «Euroidiota» hasta los miserables dirigentes de Ecuador, Venezuela o Argentina que les han calificado, llegando a su extremo, como «grupo irregular», eufemismo que esconde o amaga la realidad de unos asesinos sin piedad. Las FARC, esos viejos guerrilleros marxistas leninistas nacidos al calor de los años sesenta, no resistieron la tentación de convertirse en narcoterroristas y añadir más daño en la muesca de sus fusiles. Así, día a día, mataron, secuestraron, extorsionaron y, además, traficaron. Fue Pastrana el presidente que entendió que se podía vislumbrar algún acuerdo de paz pero solo desde la superioridad del Estado de Derecho y de la operatividad del ejército colombiano. A la par de establecer marcos de negociación, todos inservibles en principio, potenció y dotó a sus militares de la tecnología necesaria para hacer frente de verdad a una soldadesca bien organizada que sabía ocultarse en las inmensas selvas del país. Uribe, tras Pastrana, fue determinante: ni un atisbo de flaqueza ante el mal, guerra sin cuartel hasta el último suspiro. Santos, finalmente, tras la inmensa superioridad de sus operativos militares, estableció las negociaciones definitivas, las que parecen haber llegado a un punto de no retorno.

Colombia, un país de una grandeza que ya quisieran para sí otros colectivos iberoamericanos, ha resultado ser un ejemplo poco común en nuestro tiempo. Ha soportado la guerrilla de las FARC y dos más, Paramilitares y ELN; ha debido sortear el terrible lastre que la producción y exportación de droga ha asociado a su nombre; ha sabido lo que es el sangrado de capitales que huían de la violencia y pretendían colocarse a buen recaudo en el exterior... A pesar de toda esa concatenación de adversidades, la economía colombiana no ha dejado de progresar razonablemente y, como Estado, ha cumplido todos sus compromisos crediticios. No sin dificultad, es cierto. No sin sufrimiento. Sin gozar de los bienes que la naturaleza ha querido regalar a alguno de sus vecinos, los colombianos han visto como administraciones medianamente serias ?recordemos que a Samper, presidente en los noventa, no le estaba siquiera permitida la entrada en Estados Unidos? han conseguido enderezar su rumbo desgraciado. Lo que espera a Colombia tras un acuerdo de paz que puede llegar a buen puerto si todos hacen importantes sacrificios, es un escenario de estabilidad que le permita un despegue indudablemente envidiable. Colombia, y no otros vecinos sometidos por regímenes lamentables y liberticidas, es el amigo a considerar, el gran socio con el que entenderse, el gran referente americano con el que establecer pactos de largo alcance. Les deseo a mis admirados amigos colombianos toda la prosperidad que merecen. 

 


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