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26 de mayo de 2000

Aquel desfile del 81...


Corría el año 1981, acuérdense. Desde luego me acuerdo yo, que estaba allí, viéndolo con mis ojos y narrándolo con mi voz. Era por mayo y era Barcelona, la Diagonal. Seis años atrás la biología nos había apartado a Franco del poder y pocos meses antes España acababa de sufrir el escarnio de un intento de golpe de Estado liderado por un Guardia Civil reiterativo y un viejo general de patriotismos equivocados.

Hace diecinueve años, sí. Pujol ya era presidente de la Generalitat, Narcís Serra estaba a punto de ser ministro de Defensa y Pasqual Maragall gobernaba la ciudad desde su Tenencia de Alcaldía.

El Gobierno de Calvo-Sotelo optó por la Ciudad Condal para celebrar el Día de las Fuerzas Armadas y se dispuso una parada militar que habría de recorrer la principal arteria barcelonesa desde la plaza Françesc Maciá hasta pasado el monumento a Jacinto Verdaguer. Hacía sol, era una primaveral mañana festiva, enseñas nacionales en los balcones, y había gente, mucha gente, con banderitas españolas y catalanas, asistiendo al sereno desfilar de una serie de Unidades, con carros de combate incluidos, que deleitaron al público presente. Sin más. Acabado el desfile, cada quisque se fue a su casa en un ambiente de absoluta normalidad y aquí paz y allá gloria.

Pocos días antes, el president Pujol instaba a los barceloneses a asistir al paseo militar con el mejor ánimo y entusiasmo; incluso, llevado de su proverbial generosidad, intercambiaba banderas con el capitán general de Cataluña.

El Ayuntamiento, por fin, no sólo no puso peros, sino que colaboró activamente en que todo fuera sencillo y práctico.

Puede parecer que les estoy endilgando un relato fabulado producto de alguna ensoñación melancólica. Puede parecerlo.

Pero no lo es. Eso ocurrió así hace diecinueve años en el mismo escenario y con los mismos protagonistas que recientemente han creado la absurda polémica en torno al desfile del próximo fin de semana. ¿Qué ha cambiado en España para que dos situaciones paralelas provoquen respuestas tan distintas? Es una buena pregunta, pero todas las respuestas a la misma nos llevan a subrayar un comportamiento desconcertante en los responsables políticos mentados y en el seguidismo un tanto estúpido de determinadas asociaciones.

Diecinueve años después, el Ejército español ha curado todos sus sarampiones intervencionistas, ha progresado técnicamente dentro de la OTAN, ha rejuvenecido sus cuadros de mando, ha participado en misiones militares internacionales de envergadura y ha cumplido ejemplarmente misiones humanitarias de paz en medio mundo. ¿Cuál es el problema? ¿De veras se trata de un rancio rictus antimilitarista? ¿No será que lo que encrespa es que sea español, en lugar de que sea un ejército? ¿Qué habrá cambiado en España durante esos diecinueve años para que un puñado de políticos que parecen jalearse entre ellos se atropellen para decir la barbaridad más grande en torno a la paz, la memoria, la dignidad y otras hierbas? De repente, en un solo salto generacional, la sociedad catalana acaba de volverse antimilitarista por decreto. Si hacemos caso a Maragall, los barceloneses han recuperado la memoria dolida del 36 y van a creer que está avanzando un ejército de ocupación por la Diagonal ùpor lo visto Maragall cree que los barceloneses son así de tontosù con la aviesa intención de cercenar sus libertades. Bien. El mismo Pujol que declaró entonces Nosotros, Cataluña y las Fuerzas Armadas, podemos hoy mejor que nunca transmitir al resto del país la fe y la confianza en el futuro es el que hoy se hace la vieja reina ofendida y afirma no sentir ningún entusiasmo por esta convocatoria sobre la que nadie le ha consultado ùlo cual es, evidentemente, falsoù. Diversos colectivos de escasa representatividad, debidamente jaleados, han manifestado su c


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