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23 de junio de 2000

La juez y las giraldillas


Lo sé, lo sé, no es estricta actualidad; han pasado algunos días desde la sentencia que libra a las giraldillas vascas de cualquier culpa. Sé que esta columna debiera haber aparecido una semana atrás. Lo sé y acepto todo aquello que quieran decirme, pero tal vez haya sido mejor dejar pasar estos días y así matizar la indignación que siente un servidor y que sienten tantos ciudadanos honrados de Sevilla. Como saben, un grupo de ciudadanos vascos se caracterizaron de mascota de los Mundiales de Atletismo que se celebraron en agosto pasado en la capital de Andalucía.

En un auténtico alarde de osadía, burlaron los controles policiales e intentaron boicotear la ceremonia de inauguración que se celebraba en el Estadio de La Cartuja y que tuve el honor de presentar. Una audiencia potencial de trescientos millones de personas estaba pendiente de las evoluciones de las delegaciones de cada país, lo cual resultaba demasiado apetitoso para los habituales propagandistas proetarras que se mueven en el entorno de todos los presos que penan por haber asesinado a más de ochocientos ciudadanos. Ustedes conocen lo que pasó: tomaron el escenario e intentaron desorganizar lo que, todo hay que decirlo, estaba organizado con más voluntad que aplomo.

Fueron detenidos, acusados y, posteriormente, puestos en libertad. Quedaron a la espera de juicio. Entretanto, determinados dirigentes vascos de dudosa catadura dedicaron expresiones laudatorias y jocosas a los valientes gudaris que tomaron el escenario sevillano: Joseba Eguíbar dijo que eso era mundial y que iba mucho con su manera de ver las cosas, el inexplicable Anasagasti aplaudió la acción y el tal Inchaurraga ù responsable de Justicia en el ejecutivo vascoù amparó el comportamiento de los primos hermanos de los etarras. Fantástico (una vez más, el único que mostró sensibilidad y respeto fue el portavoz del Gobierno vasco, Josu Imaz, el cual me consta que actuó de acuerdo con Ibarreche, al que le agradezco el detalle). La sociedad sevillana, la andaluza en general, no pudo concebir cómo esos políticos del norte se regodeaban y jactaban de que unos individuos que mostraban apoyo a aquellos que sólo han venido a Andalucía a asesinar, a matar, a asesinarnos a los andaluces que no han asesinado en otros lugares, hubieran venido a mofarse en sus barbas de algo de lo que los andaluces, los sevillanos, nos sentíamos particularmente orgullosos: unos Campeonatos Mundiales celebrados en nuestra tierra. No sólo los teníamos aquí dispuestos a concelebrar un nuevo Hipercor, sino que, además, venían a reírse de nosotros. Sólo nos quedaba la justicia. La Justicia. Esa que debía poner a cada uno en su sitio.

Pero la justicia llegó y emitió su cante. Una juez de Sevilla ùde Sevillaù decidió que, a pesar de haber creado temor, inquietud, malestar y miedo en cincuenta mil personas, según reza la sentencia, esos jovencitos no merecían ni siquiera una multa. La tal lumbrera jurídica ùEncarnación Gómez de nombreù sufrió un repentino ataque de temblor judicial y mandó de vacaciones a esos muchachos valientes que acudieron a los Juzgados sevillanos disfrazados de vascos ùcomo atinó a describirlos Antonio Burgosù, tal como si unos sevillanos delincuentes se presentaran en la Audiencia de Bilbao con sombrero cordobés y traje corto. Ya saben, pues, aquellos que gusten de alterar el orden elemental de las cosas, aderezado con escarnio filoterrorista: vénganse a Sevilla y procuren que sea ese Tribunal el que les juzgue. No les pasará nada. Ni siquiera una multa. Nada. Eso no cuesta nada. Lo dice Encarnación. Lo dice la Ley. Tendrán la suerte de moverse impunemente, de organizar ruedas de Prensa laudatorias de aquellos asesinos que se han llevado por delante la vida de hijos de esta tierra. Podrán contar con la colaboración, incluso, de algún parlamentario andaluz de la altura mísera y cretina de Sánchez Gordillo, el alcalde de Marinaleda, que s


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