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30 de junio de 2000

Caminos de Castilla


Vengo de un corto viaje por las soledades; me han visto pasar algunos campos ensabanados de amarillo; he pasado los restos de una hogaza por el fondo de una olla donde algún día se cocinó el origen de una Nación.

Vengo de Castilla; y de León (que a decir de los lugareños León tuvo Reyes antes que Castilla Leyes ). Vengo abrumado por el mercurio denso de su pasado y por el medido equipaje en el que viaja su orgullo, tan legítimo él, tan disimulado.

Varios días de paseo castellano me han devuelto al románico exhibido en ermitas inesperadas, al gótico sobrio que aparece en las citas catedralicias, al golpe seco de su acento y a la mirada larga de sus paisajes. Me ha devuelto a la gente, a esa gente de aquí que lleva siglo vistiendo a la tierra con su inconfundible aire de vieja dama desheredada y digna, silenciosa y vertical. Y vengo como si, de repente, hubiera despertado de un sueño turbador. Castilla se abre a los ojos del peregrino y éste descubre una grandeza de espacios que va más allá de la línea del horizonte. Me ha pasado en Tierra de Campos, donde no hay límite a los ojos, y, por lo tanto, a los sueños. Y me ha venido a pasar en León, donde la Basílica de San Isidoro, la Sixtina del románico, me ha enseñado que la historia común de las Españas nace antes, bastante antes, de que una reina y un rey cohabitaran una noche inolvidable. Y, con todo, me he puesto a eso de la Historia, de su enseñanza y de los dictámenes académicos que tanto polvorín barato ha despertado en la colección de mediocres que maneja alguna de las Consejerías de Educación de nuestros gobiernos autónomos. Sorprende ùsiempre desde estas tierrasù que una lección bastarda de la historia pueda conmover tanto a tantos profesores supuestamente letrados y que éstos sean capaces de transmitirla a sus jóvenes alumnos como si tal cosa.

Paseando por esta Castilla, por este León, se pregunta uno por qué una tierra que ha brindado su esencia a la propia construcción de la Nación, no reivindique insolentemente su derecho de célula primigenia. Si atendemos a argumentos meramente científicos, Castilla podría perfectamente reivindicar la palabra Nación y el concepto de Pasado Histórico Con Derecho A Prebenda Y Consideración Especial .

Creó un imperio, descubrió un continente, ganó unas pocas de guerras, perdió otras, y maduró un idioma que, hoy en día, hablan doscientos o trescientos millones de personas. O más, que no lo sé. Castilla era una nación y otros lugares, tan maravillosos como queridos, eran meras aldeas. Pero se ve que Castilla le dio la esencia a España y vino a pasarle como a la madre que se desangra en los partos cuando no se corta a tiempo el cordón umbilical. Y sigue en sus silencios y en sus cosas, en sus problemas de territorio disperso y extenso, en sus cuitas capitalinas y en su pasado comunero inopinadamente indigesto.

Unos cuantos académicos han dictaminado que los muchachos españoles no estudian debidamente los hechos acaecidos en esa España que fue parida desde las entrañas de estos mismos maizales. Unos cuantos políticos pequeños que rozan el analfabetismo funcional ponen su grito en el cielo al que no miran y proponen, incluso, acciones judiciales. Entretanto, miro los trigales persistentes de esta tierra, las horas de aurora incierta, el olor pronto a verano fresco, el perezoso despertar de estos pueblos sembrados a voleo, y pienso en la historia que fue y que no acabó de ser, en la que no conocen nuestros hijos, españoles ellos a pesar del manoseo indecente de unos cuantos, en la que no conocerán en los libros de texto que revisan y censuran cada uno de los responsables de educación ùo de re-educaciónù de nuestros cantones. Pienso en si los niños españoles saben o sabrán de cómo el Camino de Santiago explica el origen de Europa, de cómo dejaron surco en ermitas e iglesias los Caballeros del Temple o los benditos hij


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