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7 de julio de 2000

...Y camino de Galicia


Una serenata de viento y musgo me ha recibido en el alto de Cebreiro, ese humedal de piedra donde Galicia le ha abierto las puertas al aire para que vaya pasando y se haga bruma.

Atrás se me iba quedando la melancolía de Castilla y ese epitelio de transición del Bierzo, donde vi a los paisanos de Villafranca sacar en procesión por la calle del Agua al Corazón de María con su capa donada por Carlos III que es una joya, oiga y donde la Astorga de Las Edades del Hombre, en la sobresaliente Catedral de Santa María, me suponía casi una nueva Primera Comunión; atrás quedaba el primer apunte de las rampas gallegas que son las empinadas sirgas de Vega de Valcarce, y el turbador cocido maragato que me propinó Castrillo de los Polvazares, esa sabia mezcla de arcilla y ramaje que parece sacada de un sueño sirio.

La Galicia sabiamente misteriosa, sépanlo, se le presenta al caminante como la azotea de un alto edificio verde al que no se sube sin dolor, y, al llegar, un festín de agua pulverizada parece decirte bienvenido a esta nube .

Recortado, medido, anclado en la tierra lo suficiente como para saber que no es un decorado, Cebreiro es la joya de la corona que exhibe el cielo en días de fiesta. Su vida, la de los adentros, es la del Camino de Santiago, la de los peregrinos que vienen coleccionando amaneceres desde Roncesvalles y que saben que han llegado a lo más alto, al Turmalet de su carrera, y que esperan el festín de verdura que siembra su camino hasta el apóstol (gracias, Quique, por el Chardonnay berciano con el que me esperabas a la puerta de tu taberna).

Sólo hay que bajar hasta Triacastela y dejarse llevar por el arrullo gregoriano hasta Samos, San Benito otra vez, y, si hay fuerzas, llegarse a Sarria, donde uno tiene la sensación de que si estira el cuello puede llegar a ver Santiago. Un paisano me asegura que Fraga volverá a ser candidato tres ó cuatro veces más y otro me deja ver, por las pocas puertas que me entreabre su acento, que Beiras ha encargado sus nuevos hábitos en una peletería de corderos. Algo me dice que está en lo cierto: hasta sus ayatolás de la lengua han moderado sus bravatas. Y yo, entretanto, sigo en lo mío: los niños andaluces, tan ocupados con el Quivir, entretenidos exclusivamente por el río por el que se fueron los moros que no se quisieron ir , no sabrán que, a su paso por Portomarín, el Miño tiene vocación de Nilo y que el pueblo sigue teniendo nostalgia de aquel otro que quedó sumergido bajo las aguas de su pantano. Los rapaces de aquí, de feliz broche colorado en las mejillas, no habrán de saber, en cambio, que el que nace en Cazorla viene a desembocarme a mí en Sanlúcar, a los pies de casa, gentilmente, como si tal cosa. Qué le vamos a hacer.

Cruzo un robledal, un puñado de carvallos, y estoy pendiente por si se me aparece Paco Vázquez para decirme que no entiende nada. A lo lejos, al filo de una corredoira, un muchacho apacenta ganado como si estuviese dirigiendo el tráfico y pienso en los dos abrazos que quiero dar en Santiago: al apóstol y a José Luis Alvite, si doy con él.

Esta Galicia de flechas amarillas, de Pío Núñez, cruceiros, castaños, me evoca lecturas de infancia, tardes de domingo, copas de picón y alhucema, la badila del brasero, el pañuelo en la cabeza de mi abuela, el Agua del Carmen, y el largo trámite de los inviernos, porque Galicia obra el milagro del pasado incluso para los que no somos de aquí. Lleva incorporado al nombre un indeterminado perfume a memoria. El caminante cree haber estado antes aquí, aupado al Monte do Gozo como aquellos medievales que caían de rodillas y entonaban cánticos agradecidos por haber llegado al fin. Los contemporáneos también lo hacemos, pero nuestro paisaje está cruzado por puentes y autovías que enmascaran a los viejos eucaliptales del recibidor de Santiago.

Queda una memo


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