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10 de julio de 2015

Callejero justiciero


Carrillo y Fraga merecen calles en Madrid porque evolucionaron a posiciones democráticas

ESA excrecencia legislativa que fue dada en llamar «Ley de la Memoria Histórica» y que, en puridad, suponía la eliminación de cualquier referencia al conjunto de exaltaciones no coincidentes con los integrantes del bando perdedor de la Guerra Civil, es el nuevo juguete con el que cuentan algunos Consistorios para remover intestinalmente la concordia ciudadana. En eso estamos: el Ayuntamiento de Madrid, como si no tuviera cosas más importantes que hacer, estudia renombrar algunas calles que, hasta ahora, exhiben nombres sospechosos. Los estalinistas tardíos de Izquierda Unida proponían renombrar calles que les despertaban dermatitis ideológica: Bernabéu, Muñoz Seca, Calvo Sotelo y tal. Y los nuevos munícipes aupados al poder gracias a la infinita generosidad del PSOE asumen esa labor y proponen estudiar la situación, Manuela Carmena al frente. Según los estudiosos de la historia relativamente reciente, nombres como los anteriores son sospechosos de franquistas, aunque murieran antes de que Franco liderara la asonada contra los republicanos. Muñoz Seca murió asesinado en el 36, creo recordar. Era un brillante autor pasado por ese odio fusilero que al parecer no existía en el bando que a la postre no ganó. Digamos que acusarle de franquista era, cuando menos, anticipatorio. La muerte de Calvo Sotelo la conocemos todos y su figura, guste más o menos, era trascendente en la España de la época. Si merece una calle la Pasionaria ¿por qué no la va a merecer Calvo Sotelo? A Bernabéu no hay cojones de quitarle la calle: la masa de seguidores madridistas pesa mucho en la componenda ciudadana como para ganarse enemigos innecesarios. Poco importa que fuera un hombre que creara un imperio futbolístico aplicando básicamente el sentido común: para el imaginario justiciero de la izquierda más sectaria del sur de Europa, el jubilado de Santa Pola es reo de franquismo (con lo que habría que repudiar, según ese criterio, a media España de la época). Es indudable que, siguiendo ese catón, Agustín de Foxá y José María Pemán son candidatos a la cremación histórica. Poco importa que uno, el primero, fuera uno de los personajes más interesantes de la primera mitad del siglo XX: la autoría de la magnífica novela «Madrid, de Corte a Checa» es justificativa para estos imbéciles de una purga en condiciones. No digamos Pemán, el gaditano prodigioso que sería objeto de estudio en los colegios de cualquier país normal. Por no hablar de Salvador Dalí, el artista más completo que un siglo entero ha sido capaz de contemplar. Et Alii…

Carrillo y Fraga merecen calles en Madrid, y donde corresponda, porque evolucionaron a posiciones democráticas a lo largo de su vida y sirvieron de manera muy efectiva a la Democracia nacida con la Constitución del 78. Como las merecen aquellas figuras significativas que aunaron seguidores en ambos bandos del conflicto. Ese que tanto quieren revivir aquellos que asumen como suyo el del bando que perdió la guerra. El zapaterismo, para entendernos. Si el criterio es exquisitamente democrático, como vociferan los promotores de esta acción municipal, Dolores Ibarruri no puede tener una calle en Madrid, ya que la Pasionaria fue una eficaz colaboradora de la plaga estalinista que asoló media Europa. Entrevisté a Dolores en los últimos años de su vida: era una anciana que reconvino su discurso y que templó las iras que exhibió en sus años políticos activos, con lo que creo que merece el recuerdo de una calle en Madrid. Pero también lo merecen las víctimas del asesinato múltiple y feroz de Paracuellos, a los que esta colección de estúpidos sectarios quiere retirarle la placa que recuerda su memoria. ¿Qué hacer?

Que a estas alturas del partido, un engrudo de mamertos pretenda rotular de nuevo la didáctica de la memoria que supone el callejero, es la evidencia de que siempre estamos a tiempo de elegir para la administración de las cosas a los más cretinos del vecindario.


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