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12 de julio de 2002

Kerstein y Doñana


Ha vuelto a España Richard Kerstein, singular y fascinante empresario norteamericano propietario de una importantísima consultoría de medios (esencialmente radiofónicos) y, en su día, asesor de campañas presidenciales en su país. Alguna vez les he referido que a Kerstein (de filiación demócrata y que no ha tenido reparos en trabajar para los candidatos republicanos que han requerido sus servicios con el convencimiento de que sus conocimientos y su desbordante entusiasmo podían ser trascendentales para auparse al apetitoso aparato de poder estadounidense) le convencí, tras no pocos esfuerzos, para conocer la Feria de Abril sevillana.

De ella marchó tan fascinado como integrado: la primera noche apareció a las tantas del brazo de dos cocheros de Los Palacios con los que hablaba una extraña jerga de vino y spanglish jurando no haber conocido nunca nada igual. Kerstein se ha convertido en un estratégico propagandista de lo español -y más concretamente de lo andaluz- dándose el caso de haberse ofrecido a las autoridades autonómicas para distintas campañas de promoción en aquél país a precio razonable y dedicación sincera.

Es buena noticia para todos: Kerstein y sus tentáculos llegan hasta las puertas de la misma Casa Blanca -aún bien de no ser excesivamente partidario de Bush, del que ya me advirtió hará un año de los problemas legales que le esperaban a él y a su vicepresidente Cheney- y su relación con los medios es exquisitamente privilegiada. Me consta que lo están sopesando.

Pero decía que, aprovechando una reunión en su filial londinense, ha vuelto en viaje relámpago a esta España de sus recientes amores y, una vez más, he tenido el privilegio de ser su anfitrión. Le sugerí conocer Doñana, de la que tenía lejana referencia y de la que no sospechaba, ni por asomo, tanta hermosura. Contraté para él una visita intensa y me permití solicitarle su presencia al subdirector del Parque, Manuel Delgado, un magnífico trabajador del Estado de quien debemos estar orgullosos, para que pormenorizara en todos aquellos detalles de flora y fauna de este paraíso singular: las dunas móviles, los lucios y humedales, las largas playas desiertas, los pinares surgidos de las arenas, los antiguos poblados, los venados, jabalíes, toros, caballos... Acompañado de Isamay Briones y de Félix Machuca, tomó café en el remozado Palacio de Marismillas, donde Aznar gusta recibir a sus visitas de Estado y desató su furia creativa: propuso formalmente aportar dos parejas de bisontes americanos, la versión gringa del búfalo, para enriquecer y dotar un exótico aspecto multicultural a la estación biológica.

La cosa no acabó de cuajar ya que se le hizo ver que dos bestias de esas podrían acabar con el delicado equilibrio de la última reserva de oro en Europa. Pero se le agradeció la intención. Con relación a la visita que Clinton tenía anunciada para esta misma semana, advirtió que a su buen amigo le fascinaría visitar el parque y que Aznar podría apuntarse un buen tanto propagandístico si le invitaba, pero que entendía que los coqueteos excesivos con un expresidente podían resultar poco producentes teniendo a un Bush en Washington.

Además, sabía que el español andaba en trámites de remodelaciones de un día para otro, lo cual, por cierto, aún no teníamos claro ni siquiera nosotros. «Supongou quei todous lous españoleis conousen bien this maravilia», preguntó en un momento dado con la absoluta confianza de que así era. Los demás nos miramos silenciosamente y, tras un «ejem», le aclaramos que, desgraciadamente, no. Es más, que ministros del ramo ha habido que han tardado años en hacerlo. El Parque, dijimos, está abierto a todos: visitarlo es tan fácil como contratar a precios módicos una visita y gozar sin límites.

Tras su marcha, reflexionamos seriamente. Alguien debería asomar


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