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23 de agosto de 2002

Vamos, lléguese a Almería


Retumba España en fiestas, sí. Logra aislarse del estremecimiento de un agosto debatido entre la dignidad de unos y la cobardía de otros. Es capaz de sobreponerse a obispos felones, a delincuentes consentidos, a políticos ruines y a bombas por las esquinas. Se alzan cohetes como se estrellan tomates, como se aporrean tambores, como se corren vacas, como se pasean los santos. Se baila, se canta, se bebe, se reza. Cierra Vitoria y se abre Málaga. Cierra Bilbao y sale Almería a la calle, al calor húmedo del Paseo, arriba y abajo, en saludo permanente, a la nueva Rambla, al Zapillo prodigioso de mi querido Carlos Santos, compañero de tantas cosas, o de mi admirado Antonio Zapata, profesor de la vida y los pucheros que nunca me ha negado los secretos del Ajo Colorao ni de las Migas de Harina. Abre la feria del afecto y la bondad de las gentes de otro sur, el oriental, entreverado de cultivo extratemprano y de ribazos y orillas de aguas tibias. ¡Ay, Almería! Dando tanto y recibiendo tan poquico. Los capotes en la centenaria piedra de la Plaza reciben la ovación primera, anticipada, de quienes entienden la Fiesta desde el contento y la pitanza: meriendas de antiguo entre el tercer y cuarto astado, camión de riego eternizándose en la arena, dos platos y postre en los tendidos. Aplausos, cordialidad, entendimiento. Por eso le digo: lléguese. Véngase a este rincón adonde antes han venido otros muchos. No hay luminarias falsas fotografiadas a pie de playa, ni salones en los que se recrea una ociosa y desfasada espuma de celebridades. No hay Olivias, ni Titas, ni Yolas, ni Dinios. Hay gente de la que no se habla nunca pero que lleva años navegando, trabajando, riendo, llorando, cantando, pescando; gente de aquí, hecha al fuego lento de un sol generoso y mil veces masticado por los olvidos. Es la Almería que va de El Alquián a La Chanca en un cicatrizado paisaje urbano sobre el que cayeron, como buitres hambrientos, tantos munícipes especuladores y enloquecidos de aquellos años en los que no importaba sacrificar la memoria de la piedra y el ladrillo. Si baja por aquí le llevaremos a la Alcazaba, claro, y a ver a la Virgen del Mar, pero también le daremos un paseo por esos humedales del afecto que van del Puga a la Bodega Aranda, donde se sigue mascando la herencia sabrosa de aquellas abuelas que sacaron petróleo de un simple pimiento y de una pizca de pasta de sémola. Si viene a esta ribera de los pequeños prodigios le auguro la felicidad que sólo se alcanza acariciando las costumbres sencillas: Miguelito Naveros le conducirá por las noches sabias de tabaco e ideología y Diego Martínez le contará historias de aquí desde la atalaya de su soberbio talento. Buscaremos quien nos cocine lento unos gurullos y quien nos conceda entre los aljibes algún cante de la tierra. Buscaremos la figura impagable de un poeta y nos quedaremos con los versos que Julio Alfredo Egea regaló al viento en uno de los pregones más hermosos que jamás he escuchado y cuyo final casi soy capaz de citar de memoria: «Cuando mayor sea el rumor de la fiesta, me retiraré al mar y haré que mi pensamiento se transforme en el delgado hilo de un globo para que lo sujete en sus manos el niño más triste de La Chanca». Y nos cogerá la amanecida entre la charla y la memoria. Y viviremos esta portentosa Almería de las dulzuras cruzando y recruzando el amor por las cosas. La Andalucía menos panfletada le espera con la sinceridad de la gente de a diario, la que hizo a este cronista como es. La gente en cuyo eterno descanso pienso mecer dulcemente mis sueños durante estos días de Feria. Vamos, lléguese.
 


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