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8 de noviembre de 2002

Gracias, Puig, por tus desvelos


La repentina obsesión por la seguridad que ha aflorado en los miembros de la propaganda política de la Generalitat de Cataluña ha conseguido enternecer, a buen seguro, a las autoridades correspondientes de la Guardia Civil y, por extensión, a todo el Ministerio del Interior. En un último panfleto editado por las huestes de Felipet Puig, el Consejero de la cosa obrante catalana, un providencial y vigilante lápiz ha eliminado del paisaje una escasamente ondeante bandera española que coronaba la Casa Cuartel de la Benemérita que, de forma inoportuna, alguien construyó un buen día justo en el tramo de calle en el que se acaba de trazar una reforma urbana. Todos estamos conmovidos. Tantísima sensibilidad en el desvelo por la integridad de los agentes y sus familias ha venido a demostrar que los técnicos de la dicha Consejería tienen una fe inquebrantable en la difusión de sus pasquines, lo cual también es enternecedor, y un inconfesado temor por las consecuencias de la circulación de este entre los círculos terroristas.

Efectivamente, una enseña nacional en el paisaje urbano de la Cataluña profunda -aunque difícilmente se pueda apreciar a la misma en la fotografía ya que la ausencia de viento la mantenía prácticamente recogida- es una invitación velada a la revuelta o a la acción directa. Como es sabido, los enemigos del Instituto Armado que estudian los terrenos de su actuación criminal ignoran que en cada ciudad española existe una Casa Cuartel -con el obsceno «Todo Por La Patria» en su frontis- y que esta es fácilmente localizable en cualquier guía telefónica; antes bien, los terroristas que matan Guardias Civiles y familias enteras de Guardias Civiles acostumbran a consultar los folletos publicitarios de las mejoras de los accesos viales a cualquier ciudad española, incluida, por supuesto, Gerona. Evitando la bandera española se evita que cualquier indeseable se aperciba de la existencia de un objetivo evidente y, de paso -habrá pensado algún previsor estratega nacionalista- se evita que la excitable sensibilidad de la ciudadanía catalana enloquezca ante la visión inoportuna de una enseña que no es la propia. Imagino que de haber estado en el camino de las obras de Puig, pongamos por caso, el Consulado Norteamericano o el Liceo Francés, la eficacia del borrador digital hubiese sido la misma: las banderas estadounidense y francesa habrían desaparecido ante el temor de que algún integrista islámico subido de Corán o algún corso inflamado pudieran urdir un repentino plan destructor. Como sabemos todos, tanto islamistas como corsos acostumbran a desayunarse todas las mañanas con la consulta pormenorizada de las mejoras de los accesos viales de la Generalitat de Cataluña, tan llenas de aventura, de literatura, de pasión.

La excesiva sensibilidad de los rancios españolistas ha llevado a que alguno de ellos especule con la posibilidad de que la roja y gualda haya sido borrada por ser la bandera que es. Son ganas de malmeter. Son ganas de no querer reconocer la exquisita sensibilidad de Puig, de Convergencia, del mismísimo Pujol, para el que España resulta, como ya dijo, una «realidad entrañable». Se ha llegado a decir que padecen un incurable síndrome de paranoia política y que su obsesión por eliminar los símbolos comunes les lleva hasta situaciones absolutamente absurdas. Eso es no querer ver que en el fondo de sus almas reposa el espíritu apaisado de un astuto y perspicaz agente de contraespionaje. Nada de paranoias. Son, sencillamente, precavidos y su enseñanza ha abierto tantos ojos que ya se está debatiendo en Madrid si retirar la Bandera que ondea en el Palacio de Comunicaciones -no vayan a deducir los enemigos del orden que es la sede de Correos-, la que se mece en el balcón del Palacio Real y la que luce el Ministerio de Exteriores. Cualquier precaución es poca cuando se trata de la seguridad de todos.


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