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15 de octubre de 2004

¿A dónde vamos?


¿Quiénes son nuestros amigos? ¿Quiénes nuestros compañeros de viaje? ¿Cuales los criterios con los que gobernamos nuestra relación con el mundo?. El reciente conflicto menor que ha protagonizado la ausencia del embajador norteamericano en los actos de la Fiesta Nacional deja a las claras el volantazo un tanto brusco que han aplicado a nuestra política exterior los responsables de la cosa.

Pérez Rubalcaba dijo aquello del desaire al Rey --¡ay, cómo nos refugiamos en el Rey cuando nos conviene!-- y un cierto espectro de la población se lo creyó sin pararse a pensar que, siguiendo el silogismo, también lo habría desairado Manuel Chaves, el presidente andaluz, que optó igualmente por “irse de cacería”; sin embargo, el embajador yanqui escenifica plásticamente las consecuencias de una política exterior dirigida por un presidente con criterios de estudiante de colegio mayor.

La estupidez de no levantarse ante la bandera norteamericana y las diferentes muestras de torpeza internacional --retirar tropas de esa manera, instar a que lo hagan los demás y evitar la presencia de los USA en el desfile-- han provocado un enfriamiento que no se produjo ni siquiera en el tiempo en el que hubo que renegociar la presencia militar estadounidense en España.

En aquella ocasión, hasta Julián Santamaría, nombrado embajador en Washington, estuvo por encima de esta media. Ahora todo se reduce a explicar que “no estamos de rodillas” y pamplinas semejantes, muy propias de régimen bananero basado en arengas y panfletos, y a enfadarse por la excursión que el embajador norteamericano emprendió el mismo día en el que iba a conmemorarse sin ellos la liberación de París que realizaron precisamente ellos. Qué casualidad que el avión que le tenía que llevar de vuelta del sur de España no tuviese los motores a punto.

Marruecos, ese gran amigo que siempre que ha podido ha llevado las tensiones hasta el límite sin que nadie se atreva desde España a señalar las miserias de su política, establece una estrategia hacia el futuro basada, como sabemos, en la anexión de territorios españoles que ya dibuja en sus mapas.

Nosotros, que tenemos por arriba a unos felones deseosos de evitar nuestro territorio para configurar sus intereses plenamente, necesitamos algún aliado de la suficiente envergadura como para aplacar lo que no somos capaces de hacer por nosotros mismos. Parece evidente que ese aliado puede ser Estados Unidos, que, desde siempre, ha gozado de gran capacidad de influencia en el Reino de Mohamed --no olviden cuando se desentendió de nosotros dejándonos a los pies de aquella infame Marcha Verde que promovió el sátrapa del papá de este rey moro--. Si los americanos han de sacarnos alguna vez cualquier castaña que haya caído al fuego, no parece la mejor manera de conseguirlo atizándoles patadas en las espinillas.

Lo antedicho, que es tan obvio que hasta me está dando pereza escribirlo, tiene un ejemplo práctico con el comportamiento de Francia durante la crisis de Perejil. Hasta que no dispongamos de un satélite militar de comunicaciones propio, que estará listo pronto, los españoles utilizamos canales que nos brindan americanos y franceses.

Cuando las tropas moras ocuparon el islote… los franceses apagaron nuestro canal. Los americanos no. ¿Comprendido? ¿Con qué ánimo cree el gobierno que van los yanquis a ayudarnos a desencriptar los ordenadores interceptados a Antza y Amboto en el sur del país vecino y de cuya información depende el éxito absoluto de la operación liderada por la Guardia Civil?.

Otra pregunta que ahora mismo me asalta la melancolía: ¿cómo hubiera reaccionado el gobierno de Rodríguez en el caso de haberse encontrado con el asalto al islote de Perejil? ¿Hubiera actuado como<


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