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2 de abril de 2004

Dolores de viernes


Viene cortando el cielo de abril una golondrina pálida. Creía yo, qué cosas, que este era tiempo para salpicar su amor sobre los cercados, pero aún no han entrado los calores esos que suben o bajan desbastando sombras. Los calores de abril. Los dolores de este viernes de anuncio y edicto quieren sacudirse el beso de delgada humedad que le ha dejado un invierno rojo, salivado en sangre, taimado y feroz, pero todavía no pueden. El domingo estrenamos ropa y me coge con este relente sobrecogido: veo venir, desdibujado aún, a un chiquillo con un sol entre las manos escoltando a Dios sobre una burra y no sé si llegará a mi altura empapado de gritos y miedos. Desde que han florecido los almendros ha nevado más que en los últimos inviernos, joder, y así no hay manera de encontrar en los peldaños borrosos del lenguaje alguna palabra que llevarse a los labios para anunciar los milagros que nos esperan apoyados en la esquina, impacientes y mal vestidos. No debe de ser el día porque no doy con una que valga. Perdonen la tristeza: llevo media mañana disparando aullidos desde lo profundo del bosque personal y clandestino en el que amanezco y no hay un solo eco que me haya devuelto la pelota. Será verdad aquello de que si quieres ganar el cielo primero hay que perderlo.

Sé que un crucificado, en esa hora en la que me suben los azules, vadeará los arroyos por los que torrentean las costumbres, las tradiciones, las turbaciones, la Fe, y, antes de que seamos capaces de destapar los osarios de los ángeles, hará que nuestro sueño emprenda un vuelo sin retorno. Ese Dios que entra en Jerusalén aclamado por las palmas de las criaturas, será descendido otro vienes, ante la Quinta Angustia de su madre, bañado en el aceite tierno de la aurora violácea de Sevilla. Y, entrambos, la Pasión, el grito de un milagro recién nacido, la inquieta serenidad de las cosas bien hechas que va de domingo a domingo, que anticipa el saludo un viernes como hoy y que hace que, siete días después, comprendamos que hay despedidas anticipadas que algún día hay que devolver. Me gusta el júbilo de este día: aunque todavía empapado, se proclama ese tiempo en el que se van aligerando brumas, me azula la espera una inextirpable sonrisa en la cara de mis hijos y empieza a dar la sensación de que el trigo se acuesta en las alas de los vencejos. Tras tanta algarabía, curiosamente, el ruido corre a sus asuntos y sólo se oye, furioso, embravecido, el zumbido de los corazones que se tienen por descreídos y que sucumben ante la fuerza sedosa del rostro de un nazareno. Si algún día las inquietudes cayeran de espaldas y se partieran en silencio diríamos haberlas visto disiparse anteriormente ante cualquier Paso de Misterio, cuando los ojos pródigos vuelven a su estado original, cuando los cielos prenden con la verdad de abril y el beso de la luz ameriza en los mares de lágrimas transparentes que no se ven y corretean por los adentros. Espero ansioso estos días en los que el tiempo, todo el tiempo de atrás,  parece estar cosido a la carne, se adhiere el fuego a los labios, las rosas arden mansamente, como deben, y se vuelve feraz el territorio vegetal en el que crecen los sueños. Una España va a sestear merecidamente mientras que otra se arremanga y mete los brazos en el río caliente de la exaltación. Abril, tan huidizo, soplará desde un rincón sobre el rostro adormecido de los inviernos y Dios, que está en lo suyo, abrirá su capa púrpura de torero para sortear, una vez más, todas las ausencias. A mí me encontrarán en la calle, agazapado tras mí mismo, siguiendo con la mirada el andar cansino de un hombre rumbo al gólgota.

Quedan sólo dos días y ya puedo palpar cómo me van creciendo las zozobras.


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