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9 de octubre de 1999

En torno a la Bruneta


«Ellos están en su perfecto derecho a disentir de mis análisis: yo también lo estoy a disentir de su política»

No debería pasar por alto un asunto que me incumbe y en el que me ha metido, como el que amorcilla un embutido, un político vasco de características peculiares al que en los últimos años le ha cambiado el rictus hasta el punto de tener todo el aspecto de un experto catador de vinagre. Me refiero está claro, a la «Brunete Mediátrica» y a Iñaki Anasagasti, el portavoz nacionalista/independentista del PNV en el Congreso de los Diputados. Sostiene esta giraldilla en su último suelto en «Deia», su hoja parroquial, que habríase configurado en España un a modo de contubernio que aglomeraría a derechistas, españolista, estatalistas y otros istas, con el único fin de acabar con el nacionalismo vasco y con lo vasco en sí mismo. Cita nombres propios, como el mío, y enumera lo que él considera —y supongo, por tanto, la masa cerebélica de su partido— el listado de los malos. Entre ellos destaca Carlos Dávila —al que lleva señalando desde hace años—; a un servidor, al que ya distinguió con otro libelo en el mismo frente periodístico y en el que me calificaba de «periodista español»; al «Diario Vasco», al que ya le han puesto una bomba, por cierto, y así un completo etcétera.

Independientemente de las consideraciones que merezca el manoseo de un hecho histórico concreto como el de Brunete —pueblo en el que viven amigos míos y en el que están perplejos por el manejo que ha hecho de ellos semejantes historicida—, el asalto a la razón que suponen sus tesis hace que éste no merezca ni un solo minuto de nuestras vidas.

Los nacionalistas vascos están empezando a rozar la paranoia. A Anasagasti se unía por colleras González de Chavarri, que pedía que me echaran de RTVE a la calle por decir que Eguíbar era una giraldilla; cosa, por otra parte, rigurosamente

cierta: afirmó que el asalto de las giraldillas falsas en la inauguración del Campeonato de Atletismo en Sevilla era algo que iba mucho con él y que le parecía «mundial». Bueno. Lo dijo él, no yo. Alguien que se burla así de Sevilla y de sus escenarios merece ser llamado «giraldilla». Cuando menos. No sé por qué se enfada tanto este antiguo contratado de Radio Nacional —contratado a pesar de la ley de incompatibilidades—, debería entender, como entiendo yo, que la crítica es libre. Ellos están en su perfecto derecho a disentir de mis análisis: yo también lo estoy a disentir de su política. Aquí paz y allá gloria. Tal vez su concepto de periodismo tenga que ver con el control obsesivo que realizan de los medios dependientes del gobierno vasco: si es así lo entiendo todo.

En cualquier caso, ¿qué esperan unos diputados que no aplauden las palabras de Chirac —aduciendo una torpe excusa— cuando el jefe del Estado francés asegura que luchará con todos sus medios contra el terrorismo? ¿De veras creen que van a ser comprendidos por aquellos hombres y mujeres que han visto la muerte, la extorsión, la agonía de cerca? ¿Creen que así se ayuda a la comprensión del nacionalismo vasco?

Arzallus y los suyos llevan un buen puñado de años insultando a la razón, insultando a la historia e insultando a las víctimas de sus socios. Se han transformado en una pandilla de reaccionarios sin más norte que la entrega de pies y manos a una gran mentira: se han acabado creyendo las majaderías de Sabino Arana, aquel nazi analfabeto, cuando empezó a inventarse una nación, un destino y un raza. Resulta, por ello, penoso ver a individuos de pasado homologable cómo son secuestrados por una alucinación colectiva que no sería grave de no ser por los muertos que va dejando en la cuneta. En virtud de esa melancolía tan brillantemente descrita por Juaristi han caído en la escenificación de un delirio: se inventan una nación que jamás existió y, además, se la quieren imponer a sus vecinos. Que anden con tiento los navarros, que hay mentiras que en razón de ser repetidas acaban siendo creídas.

El nacionalismo pasa por ser una reflexión intestinal de la historia. Poco más. En el balance de los años ha dejado muchos más lodos que glorias. Acaba, incluso, haciendo que todas las ópticas de análisis pasen por el estrecho margen del duodeno: Javier Clemente, sin ir más lejos, acaba de declarar que las críticas a Abraham Olano, un ciclista voluntarioso pero poco afortunado, se le han vertido, no por haber perdido determinadas carreras, sino por ser vasco. Ante un reflexión de tamaña simpleza sólo cabe reponer que las loas vertidas ante, pongamos, Olazábal, también deben de haber sido por lo mismo. Pero no, ser vasco está visto que sólo es rentable cuando el juicio se inclina hacia la censura.

Dejémonos de tonterías: hay determinados individuos que han perdido lo que, tal vez, solo tuvieron como disimulo: la vergüenza. Y quieren que los demás pierdan un elemental sentido común: el que hace que se llame a las cosas por su nombre. Así funciona este país de estrategas mezquinos y de columnistas torticeros. Por no llamarlos con otro nombre.


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