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28 de enero de 2000

Gaitero de Estella


«No soltaré de la mano el mapa espiritual de Estella que Manolo dejó en cada soplo de su gaita»

Manuel Montero López ha dedicado toda su vida a trabajar el viento escaso que atraviesa las gaitas navarras. Es ese viento que viene de Irache, de Montejurra, de Leire, que voltea por Monjardín, que retorna por Urbasa, que templa su silbido acariciando el Ega, que llega a los Llanos y se hace urbano, manso como un soplo enamorado. Ha recogido Manolo el viento para llevarlo en la bandeja de sus labios hasta cada una de las boquillas que fabricaron sus dedos de filigrana; así lo hicieron sus mayores y así lo haces sus hijos, transformados en herederos del artesanal esculpido de aire que hace posible convertir un simple bufido del Ciervo en el Baile de la Era, cuando mozos y mozas danzan en pasacalle por la plaza de Los Fueros para festejar la Virgen de Puy.

La Navarra de Manuel es la Navarra prieta de Tierra Estella, la que acoge Cirauqui, Ayegui, Lorca, Bearin, Abarzuza, la que va de Murugarren a Lezaun, la que rodea Villatuerta y la que llega  lo más alto subiendo hasta Mañeru. Esa Estella del Santo Sepulcro y de San Pedro, de los encierros de Agosto, de las dianas de gaiteros, de los tránsitos hacia Santiago. Esa Estella tozuda en su pertenencia a la memoria intacta de los siglos. Esa Estella de Manuel que no se resigna a ser secuestrada por los nuevos imperialistas del horror, los manoseadores de la historia, los porteadores de la buena nueva euskaldún. Callada Estella esta, que ve venir e instalarse a quienes han unido su nombre al vergonzante pacto de desembarco. Sufriente Estella esta, tan ansiosa de la paz, de la fiesta, de la concordia.

Manuel Montero dedicó sus buenos días a meter la mano en la tierra para sacar los sonidos de sus entrañas. Su quehacer consistía en escuchar cómo silba su tierra, cómo recuerdan sus gentes el canto perezoso que aun se esconde en recodos de la memoria, en llevar eso a la gaita, a la partitura, al archivo, al escalofrío del reencuentro, a donde se guardara el tesoro oral de un pueblo que viene de antes del antes. Claro que no era políticamente correcto: el Reino de Navarra estuvo eso, antes, y no era demasiado proclive a los contagios, con lo que ya está dicho todo. Manuel era un español de los adentros, viejo, sereno, intenso, y hacía oídos sordos a los cantos de cisne de estos nuevos historiadores de polvorilla que están escribiendo impunemente un reaccionario catálogo de mentiras. Lógicamente, eso se paga en determinadas esferas en las que la ósmosis de Goebbels se hace presente.

Díganselo a un servidor de ustedes. He sabido que el PNV quiere formalizar una querella criminal contra mi persona por un comentario realizado en mi programa de radio. Nada que objetar. Para eso están los Tribunales. Si alguien se siente ofendido, sólo tiene que acudir al juez apara que éste decida qué hacer. Hasta ahí bien. Y dio más: si me puntualizan la ofensas y observo que, ciertamente; podía herir su sensibilidad, estoy dispuesto a pedir disculpas, que lo caballeroso no ha de menguar lo incisivo. Pero donde observo el ramalazo totalitario, manipulador, es cuando me acusan de insultar al pueblo vasco. No, no. Esa mentira goebbelsiana habré de dejarla pasar en vano. Ellos no son el pueblo vasco, de la misma manera que yo no soy el pueblo andaluz. Yo no he criticado a Baroja, ni a Luis Mariano, ni a Zarra, ni a Arzak, ni a Elorza, ni a Miren, que me fríe la merluza como nadie, ni a urcelay, con quien paseo Bilbao de cabo a rabo, ni a Pepe Dioni, mi embajador donostiarra, ni a Nati, que me equilibra la sidra y el bacalao, ni a tantos otros. Ni siquiera a Ibarreche, al que respeto más que muchos peneuvistas, ni a Urcullu, ni a Imaz, ni a Cuerda. Yo critico a Arzallus, a Eguíbar, a González de Chavarri… a tanto halcón desalmado. Sé que es difícil de entender por determinadas mentes, pero veo que en nuestro país sigue siendo tristemente imprescindible explicar lo obvio.

Había hablado mucho de todo esto con Manuel Montero. Tardes de paseo hasta La Moderna, a por las rocas del Puy de Pachi, a por los sanchicos de La Mallorquina. Noches de la Bajadica del Che, mañanas del encierrillo, bacalao del jueves de la Abadejada. Estella. Siempre Estella al abrigo inoportuno de los vientos.

Ayer noche Manuel Montero conducía de vuelta a casa desde Vitoria. Le acompañaba Villar Salvatierra, hermana querida de Milagro, la aldea de la cereza, ermita del Patrocinio, falda adormilada de Tafalla. Un mal golpe de volante se los llevó por delante con esa violencia inusitada que tanto conocen los cementerios de asfalto. Tragedia bárbara de la vida. Dolor lacerante de la ausencia.

Nunca habré de olvidar a los dos. No soltaré de la mano el mapa espiritual de Estella que Manolo dejó en cada soplo de su gaita. Ni yo ni los estelleses que le conocieron, es decir, todos, los que aplaudieron que no dejara torcerse la gaita por donde se ha torcido. Pero además de todo eso, no le olvidaré porque Manuel Montero López es el padre de Mariló, mi mujer. Es decir, es mi padre.


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