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4 de febrero de 2000

Esa cosa del aspecto


«Vean, pues, cómo engañan las apariencias. Vean cómo es la cosa esa de los aspectos»

Estoy seguro de que el nombramiento de Víctor Ríos como ministro de Exteriores aportaría no pocos debates polémicos al panorama español. Federico Trillo, por si acaso, ya se ha adelantado aportando su criterio: según el presidente de las Cortes, el líder izquierdista no sería un buen representante de los españoles en el exterior no por su ideología comunista, sino por su luenga y alambicada barba. Sólo le ha faltado añadir que el destino ideal de Ríos, en función de su aspecto, sería el de embajador en Irán, sin ir más lejos. Claro, el aspecto hace mucho. Josep Pla, el genio ampurdanés políticamente incorrecto para la Cataluña de nuevo milenio, respondió a una primera pregunta de Soler Serrano en su programa «A fondo» diciéndole el entrevistador: «Mire, Soler, debo aclararle que yo no creo en profundidades» e hizo referencia al viejo dicho de André Gide, según el cual «lo más profundo de un hombre es su superficie». Puede que sea así. El primer golpe de vista hace mucho para diagnosticar a un individuo, pero también predispone a las injusticias más lacerantes: Abdelkader Benali es un novelista holandés de origen marroquí que llegó el pasado fin de semana a Barcelona a presentar un libro recién publicado; quiso relajarse y pretendió tomarse una copa en una discoteca del complejo Maremágnum, allá en el Puerto. Uno de esos porteros de discoteca, con tanta amabilidad como el guarda de una obra, que suelen ser unos bordes, se lo quitó en medio con las maneras habituales de esta clase de tipos que suelen perdonarte la vida y comportarse como unos estúpidos. Ha tenido que pedir perdón hasta el alcalde, claro. Los moros no lo tienen bien, han de ir en Rolls y con turbante si quieren acceder a las efímeras plataformas del placer.

Pero, volviendo a Ríos. Nada impide que una vez nombrado ministro d Exteriores —o de Medio Ambiente, que es lo más probable que lo toque si Almunia entra en Monco— proceda a retocar la hilacha entreverada de pelos que le cae desde los maxilares. Cuando se llega al poder, la gente cambia mucho y se compra corbatas y acaba encargándose fracs para inaugurar el baile de palacio. Joska Fischer, sin ir más lejos, el antipático, vitriólico y sanguíneo ministro alemán de Exteriores, era un hippy resudado que adornaba su pabellón auricular con el tallo de una margarita y que proclamaba invectivas contra todo aquello que no fuera «natural». Hoy, herr Joska viste elegantes trajes cruzados y escupe veneno por esa boca si el caviar no es iraní o el vino no está chambré, término que popularizó el duque de Borgoña, que hoy utilizan todos los pedantes, cursis y parvenus y que hacía alusión a la temperatura de su bodega, exactamente 18 grados. Esto es como me decía ayer Antonio Burgos (a punto está su biografía en primera persona de Curro Romero): «El que tiene el duro es el que lo cambia». Sabia razón. Parece que es una expresión atribuida a Caracol «el del bulto», padre de Manolo Caracol y personaje imprescindible de entreguerras y posguerra que ha dejado en la historia una frase de múltiples aplicaciones y que le espetó a la máquina del tren que resopló violentamente al llegar a la estación de Atocha: «Esos cojones en Despeñaperros»..

Pero me estoy yendo otra vez y yo quería hoy hablar de las apariencias. Antonio Garmendia, poeta de barra de bar de nuestra Sevilla, tiene todo el aspecto de acabar de comerse crudos a unos cuantos niños huérfanos, y sin embargo es uno de los seres de más hondo calado humano que he conocido jamás. No olvidemos que vivimos en un país en el que hasta hace poco, como un día señaló Antonio Gala, el director de una cadena  de televisión era un ciego y la mujer más deseada había sido un hombre. Por no hablar del gran ladrón que fue, nada menos, el director de la Guardia Civil.

Pero vean cuál es la apariencia más sangrante: vean en los periódicos la foto de Josu Ternera abrazado a su hijos, amorosamente, con el sano aire campestre que se observa a su alrededor, cubierto por una tradicional chapela, con aspecto de salir victorioso de un dominical partido de pelota, Véanle sonreír arrobado por la saludable apariencia de dos chavales del Norte. Ahí se esconde, en cambio, un asesino cruel, mataniños, amante de las masacres, sediento de sangre siempre inocente. Ahí se amaga el golpe húmedo de la muerte, el colmillo sanguinolento del jefe de la ETA, la hiel reseca del odio, la orden de destripar embarazadas, ancianos, adolescentes, cajeras, conductores, paseantes. Es Josu Ternera, al que ahora hay que llamar señor Urruticoechea gracias a que un número determinado de canallas lo ha elegido parlamentario vasco. Se sienta, por lo demás, en el banquillo de la Comisión de Derechos Humanos, él, que tantos derechos humanos ha suprimido a golpe de amonal. Lo hace, todo habrá que decirlo, merced a la voluntad del Partido Nacionalista Vasco, otro colectivo capaz de amagar su esencia reaccionaria detrás de un aspecto tradicionalista.

Vean, pues, cómo engañan las apariencias. Vean cómo es la cosa esa de los aspectos.


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