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11 de febrero de 2000

El cesto de El Ejido


«No se puede, de momento, asignar a la provincia de Almería la categoría de provincia racista»

Digamos que no es de El Ejido de lo que más me pide el cuerpo ponerme a escribir en esta media tarde sevillana, cuando el sol tiende a perderse por Chapina y comienza parsimoniosamente la ceremonia diaria del encuentro de las dos luces de la ciudad, la natural, que decae, y la civil, que emerge. Sin embargo sé que debo hacerlo en virtud de tanta circunstancia entrecruzada que me lleva, quiera o no, al pálpito de aquella tierra, que es mía, y aquellas gentes del poniente. El Poniente. Que no era casi nada. El Ejido ni siquiera se nombraba cuando Manolo Escobar dejó la casa de comidas de su padre para emplearse en Correos en Barcelona; entonces se llamaba a aquella zona Campo de Dalías. Vete tú ahora a buscar el Campo de Dalías. Total, que digo que sé que tengo que escribir de este asunto, pero me pregunto qué será lo que aún no se haya dicho. Yo personalmente he leído de todo, desde el fácil análisis fabricado con argumentos que hablan de racismo y sólo de racismo, hasta elucubraciones más completas que procuran escarbar con la punta del bolígrafo, tímidamente, en la tierra oculta bajo los plásticos. Pocos son, creo, los que han querido agarrar este tigre por los bigotes.

No se puede, de momento, asignar a la provincia de Almería la categoría de provincia racista. Nunca ha sido así. Era, en su tiempo, tierra de despedidas, de cuando se cogía la ver del mar para llegar a Barcelona a colocarse en lo que hubiera, que normalmente era el cemento, el ladrillo y la paleta. Es la historia, sin ir más lejos, de toda mi familia. Ocurrió después que la tierra empezó a dar de sí más tomates y más pimientos de lo normal. En qué cabeza cabe irse, debió decir alguno. Y en lugar de marchar con la maleta a cuadros en trenes de vía lenta, se dedicaron a contratar a los que querían ayudarles a echar el plástico sobre el cultivo extratemprano de pepinos. Tampoco se debe asignar alegremente a El Ejido el primer premio del concurso de racistas, así sin más. Existe, y no seré yo quien lo niegue, un mimbre racista en ese cesto, en el cesto del Poniente, como lo hay en usted, en mi, inevitablemente, como lo hay en los gitanos, que también son racistas, como lo hay en los marroquíes, que también lo son, en los afroamericanos, que es el término políticamente correcto para llamar a los negros americanos, que lo son. Todos somos racistas. Y, además, nosotros, que tenemos los medios y el parné, clasistas. Un mimbre racista unido a un mimbre de problemas de orden público, nada despreciables, más un mimbre de voluntaria inadaptación, otro de segregación en los guetos, otro de nuevo rico, y otro más de abandono por parte de políticos y sindicalistas, configura el cesto.

Acabo de hablar no hará ni diez minutos con mi amigo Diego Martínez: ha visto  a muchos magrebíes marchar hacia las montañas, hacia la sierra, huyendo de los salvajes individuos que se han dedicado a la caza del moro y también de los violentos piquetes de marroquíes que dicen no tener nada que perder e ir a por todas. Esos son los mismos que durante muchos meses, tal vez años, han forzado la mano del órden público, de determinados aspectos de convivencia que no tienen nada que ver con las tradiciones ni las costumbres, hasta doblar la muñeca de la paciencia. Esos mismos que aseguran que van a acabar con la economía local, son los que se han aprendido el cuento del racismo y el complejo asustadizo que tiene todo individuo por ser señalado con semejante epíteto: determinados magrebíes del poniente te llaman racista si no le das un cigarro, te llaman racista si le sostienes una mirada desafiante y te llaman racista si le reprochas mear en las ruedas de tu coche. Ya ve usted. Eso ha hartado a unos y ha hecho que a otros les salga el animal que llevan dentro y de dediquen a masacrar lo poco que tienen muchos de esos moritos que vienen silenciosamente a trabajar en lo que, por lo visto, no quieren trabajar los parados españoles. Sume algo más: que los poderes públicos no se han anticipado a la jugada y no han previsto un desborde social de estas dimensiones. Ahora harán más escuela, más viviendas, recorrerán la zona más inspectores de trabajo con el pañuelo del sudor en la mano, estarán más atentos los estupendos sindicalistas del terreno y habrá más policías ocultos entre las matas de tomate. Pero me pregunto yo: ¿qué harán para amortiguar la avalancha de pateras que siguen llegando a trabajar a cinco mil el día, un dineral para un paria que no tiene nada que perder?; ¿cómo conseguirán elegir y regularizar de esa avalancha a aquellos que ahora están saltando por la sierra, huyendo de exaltados españoles y exaltados marroquíes?; ¿qué harán con aquellos que no tengan trabajo, hayan llegado ilegalmente y planteen problemas de orden público?; ¿qué dice la Ley de  Extranjería de eso?

Si los piquetes magrebíes no dejan a los trabajadores volver al trabajo, utilizando o no métodos coactivos y violentos, amenazas o sugerencias, da igual, el Poniente corre el riesgo de perder cuarenta mil millones de pesetas. Los honrados agricultores que no han tenido nada que ver con los disturbios, que pagan religiosamente y que no se meten en líos, lo van a pasar mal. Y eso va a ser la vuelta a empezar.


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