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6 de enero de 2012

En el oro sepulcral de la memoria


CUANDO sea la hora de leer este suelto, usted, a buen seguro, estará mirando la cara de sus hijos, aunque éstos tengan cincuenta años. Por su casa han pasado tres estelas de púrpura y han dejado la huella con la que se sembrarán las nostalgias del futuro. Posiblemente aún estén por ahí recogiéndose las capas y sacudiéndose la curda de tanta copa de cognac y tanto polvorón; es probable que anden haciendo balance de una noche en la que no pudieron llevar a cada casa todo, absolutamente todo lo que los hijos de este tiempo pidieron, pero en la que sí sirvieron el mejor regalo que cualquier ser humano pueda recibir: la ilusión. Esa ilusión crecerá con ellos y no les abandonará jamás, por cortos que hayan sido sus presentes, por largos que sean los años pasados. Acuérdese usted de sus noches de Reyes: ¡menuda diferencia con las de ahora! Me contaban ayer que una madre no puede olvidar aquella mañana en la que se levantó y los reyes le habían dejado… ¡un globo!; el globo explotó a las horas, pero aquella mujer dejó para siempre un hueco en el corazón para guardar el aire que se le fue. Otras hermanas lloran de emoción recordando cómo los Reyes les habían pintado la cara mientras dormían y en la cama les habían dejado muuuchos caramelos: no había más regalos, pero al despertarse y mirarse mutuamente se echaron a reír… y fueron felices. Don Fernando Ónega me contaba conmovido la noche en la que creyó escuchar al Rey Melchor y al fru-fru de su capa revolotear por el pasillo de su casa de aquella aldea de Lugo… y no olvida que su regalo fue un vaso de leche con galletas. La ilusión, poder recordar lo angelical de nuestras almas, es infinitamente más importante que todos los scalextric y todas las bicicletas acaparadas año tras año.

Hay hombres como ballenas que esta mañana tienen que guarecerse en un aparte para contener el llanto o para que nadie vea cómo le cae una lágrima conmovida por el contraste de los años. En su vida ha quedado, querido amigo, querida amiga, el nombre de alguien, necesariamente próximo, que puso en valor la noche del día cinco y la mañana del día seis. Todos mis primos y quien escribe acudíamos a la puerta de la tienda de electrodomésticos de mi tío Andrés a ver pasar a los Reyes sentados en los tablones que se apoyaban en dos escaleras, y veíamos, sin duda, nuestros regalos en aquellas carrozas que nos parecían imponentes y que seguramente lo eran. La mañana del seis conseguía deshacerme del placaje de mi tía Marina, con la que tenía que dormir de los nervios que me asaltaban y corría a lo largo del interminable pasillo de la casa de mi abuela. Al fondo, el esplendor, por corto que fuera.

Permita hoy que sus hijos sepan que los ama. Son hilos de su sangre puestos de pie, ramas ligeras de su cuerpo que, en estas horas, dejan de tener dos ojos medio abiertos como brujos pensativos para ser poseídos por el embeleso. Todo lo que les pase esta mañana lo recordarán de la misma manera en que usted acaricia aquellos años en los que los prodigios eran simples. Ahora que le está sonando por alguna parte esa música plagada de agujeros luminosos, mírese en cualquier espejo de los que vagan dormidos en la ruina del tiempo. Es usted antes de haber crecido al paso de las tardes. Hay un mundo que desaparece sin hacer ruido, sí, pero revive en los otros, en los nuestros. Asómese: hay crines de purpurina rasgando el cielo. Son ellos que al irse, le conceden el privilegio de continuar en niño, de rescatarlo del oro sepulcral de la memoria.

 


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