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16 de diciembre de 2011

Consultas en palacio


ENTIÉNDANLO. Es su minuto de gloria. Es el momento que recordarán ellos y los suyos así pasen cien años. El día en el que le dieron la mano al Rey de España y, además, presumieron al salir de la reunión de haberle cantado las cuarenta. Nada menos que al Jefe del Estado español. Uno de los dos cretinos le dijo eso de «algo huele a podrido en España», que es una estupidez de la que se siente orgulloso y que le sirve para ser admirado por tontos de su índole. El otro se siente un héroe euskaldún por haberle dicho al Borbón —con una mano en el bolsillo como si fuera un Bardem cualquiera— eso de «haga su trabajo para superar el conflicto vasco». También será recibido en la Herriko Taberna como un icono de la impertérrita voluntad vasca por la independencia.


Sin duda el Borbón, torero de amplio repertorio, les habrá pegado a Bosch y a Errakondo dos pases cambiados de antología; pero más allá de circunstancia taurina como la que suponemos se habrá dado en el despacho de Palacio, se demuestra que la Monarquía tiene en su estructura funcional un muelle de adaptación a la estupidez que hace que todo sea digerible y hasta pintoresco. El Rey es especialista en bofetadas sin manos: hace años, el cabrón de Jon Idígoras —precursor del tipo que jugaba a balonmano y que ahora sostiene que la condena de los asesinatos de ETA es «un lenguaje superado»— se acercó a la Zarzuela vestido de mamarracho y montó el numerito de la corbata sobrevenida como si estuviera entrando en un restaurante de Madrid de elegancia obligada. Cuando Idígoras, un primate incapaz de razonar como un bípedo, le pretendió entregar al Rey un manifiesto político-propagandístico elaborado por las huestes «pensantes» de Batasuna, el Monarca, sin despegar los brazos del cuerpo, le advirtió que su papel no era el de valorar cuestiones políticas menores y que, por lo tanto, lo mejor era que se lo hiciera llegar al gobierno, entonces de Felipe González. Se acabó la reunión. Ayer, el Jefe del Estado supo administrar, una vez más, los gestos con sabiduría: afectuoso con unos, distante con otros y absolutamente seco con estos. Correcto e institucional siempre, pero con la administración de afectos al servicio de lo razonable. Y, a todo esto, aquellos visitantes de la Zarzuela que albergan en su discurso callejero un tono de permanente reivindicación revolucionaria… fascinados como catetos. Mucho vigor y palabrería en la antesala y en la rueda de prensa posterior, pero cuando están delante de él se desparraman como merengues pueblerinos.


Amaiur, la consecuencia del regalo que el zapaterismo y sus huestes pascualinas —de Pascual Sala— han dejado a España en herencia, hará ruido de carácter intestinal a lo largo de la legislatura, pero es importante que lo haga desde fuera de la estructura de grupo parlamentario: que no rasquen ni un euro más del presupuesto, que no anden enredando en la comisión de secretos oficiales y que no cuenten con infraestructura administrativa para desarrollar su trabajo dinamitero. Compréndase que aunque sean recibidos con la legalidad que corresponde, no se deba, además, poner cara de boba cordialidad con quien sigue sin hacer un análisis mínimamente crítico de su ejecutoria asesina.


Tipos de lo más pintoresco, en fin, incluido en ello lo canalla, han pasado por el despacho del Rey, el cual se ha tragado sus consideraciones y ha cumplido con su deber, que es escuchar incluso a los que quieren meterlo en un contenedor y enviarlo al espacio exterior con tal de descorchar los champanes de las repúblicas de juguete. Orgullosos de su minuto de gloria, vuelven al Congreso y se disponen a buscar el tiro de cámara más propicio para seguir escenificando su cómic de capitanes truenos. No olvidemos quiénes son y qué quieren.


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