22 de agosto de 2019
 
   
     
     
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21 de octubre de 2000

Vázquez en su soledad


Los mediocres, sabemos, proliferan en política, aunque tienen como única ventaja lo previsible de su condición. A los medianejos se les ve venir, se les apercibe en su propia bruma, lo cual, al menos, elimina desengaños. Que a Paco Vázquez le iban a atizar desde su propio partido, era algo que ya intuían hasta las coristas y que parecía cuestión de horas.

Tal vez la única sorpresa haya residido en que, menos fusilamiento, han pedido medidas disciplinarias que no las pidieron ni para los sospechosos de Filesa. A Váquez, por decir la verdad, quieren empapelarlo los mediocres. Quiere empapelarlo José Montilla, que es la sombra mediocre de Maragall, que a su vez parece ser la sombra mediocre de Pujol; quiere empapelarlo otro mediocre que se da en llamar Pérez Touriño y que pasará a la historia como el avispado enterrador del socialismo gallego. Y luego quieren empapelarlo todos los que dentro del PSOE siguen sintiendo el cosquilleo y la llamada de los nacionalismo excluyentes a los que Váquez llama «cómplices de Lizarra». Es de imaginar que Venegas, Caldera, Elorza y algún otro visionario estratega estarán indignados. Claro, hombre, ¿a quién se le ocurre señalar una verdad objetiva como es la caída de votos de la izquierda por su complicidad con impresentables como Beiras y su banda? Sólo a Paco Vázquez. En realidad lo piensan mucho más, pero sólo Vázquez tiene arrestos (y votos) para decirlo: los demás se callan porque temen el otro arresto, el de los mediocres, que son, por ahora, poderosos, aunque no les vote nadie.

Si la Ejecutiva, el Comité o lo que sea, toma medidas contra el alcalde de La Coruña (sí, La Coruña, señores magistrados) volverá a retrasar otro compás la ansiada vuelta al poder. Porque con jueguecitos mediocres como este, lo único que consigue el PSOE es asegurarle al PP una plácida estancia en ese palacio de las afueras de Madrid. Manda carallo. Entre brumas vulgares no se puede asomar la cabeza: siempre hay alguien dispuesto a cortarla. Que manda carallo también.


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