21 de octubre de 2019
 
   
     
     
Últimos artículos
Cuando no hay amparo [ABC]
Vergonzoso e infame [ABC]
Populismo a dentelladas [ABC]
Como en un cuadro de Picasso [ABC]
El betún [ABC]
El eucalipto de Gibraltar [ABC]
Para alquilar sillas [ABC]
ABC
VER-ORIGINAL
24 de febrero de 2001

¡Ay, Trece, Trece de Mayo!


CONCHA Piquer cantaba una vieja y hermosa copla del inolvidable Rafael de León llamada «Trece de Mayo», irresistiblemente hermosa, en la que bendecía el momento en el que ella y el evocado amante se habían encontrado, e inmediatamente, enamorado, Fue muy popular en su época y hoy es una joya clásica que tengo a bien programar todos los días de la fecha en mis espacios radiofónicos. Y si no tengo programa, la escucho de amanecida, como prólogo al día. Este año 2001, a esa personal tradición se añadirá la doble lectura que la canción permite. «¡Ay, Trece, Trece de Mayo cuando me encontré contigo…!». Hasta ese día, la vida había sido insulsa, oscura, exenta de estímulos: no había pasado de estar inmersa en una peligrosa apatía. Llega el día y la vida cambia: «Haré lo que tu me pidas, lo que mande tu cariño», todo deja de ser sombrío, los amaneceres cobran sentido y el escalofrío perpetuo de la soledad se disipa como una mala noche de niebla. ¡Ay, las coplas, cuán sabias!

¿Acertará el pueblo vasco a entonar esta canción? Se enfrenta a un Trece de Mayo en el que puede decidir —sin demasiada libertad— descorrer los visillos de la bruma y asomarse a la vida, lo que no deja de ser un gran acto de amor. Amar como en aquella copla de la Piquer es una forma de desatarse, de liberarse de un zulo húmedo y oscuro. Amar tiene eso, que entran ganas de echar a correr y pegar voces, en vascuence, por ejemplo, con los brazos abiertos y una determinada expresión en el rostro de «pájaro escapado de pronto», como escribía el inigualable poeta almeriense Julio Alfredo Egea. Los vascos tienen la oportunidad de sacudirse el polvo acumulado de los días tan solo tarareando una canción: «Haré lo que tú me pidas, lo que mande tu cariño…». Un voto, como una copla, es el final de un largo suspiro, esa forma de masticar el aire y hacerlo canción: «Y las siete, siete letras, de tu nombre sobre el mío que borraron diferencias de linaje y apellidos…». Ojalá que el pueblo vasco tenga esa mañana ganas de cantar.


enviar a un amigo comentar
[Se publicará en la web]
facebook

Comentarios 0

Traducir el artículo de 


Buscador de artículos
Título: 

En el texto del artículo

Texto de búsqueda: 


Administración
  Herrera en la red
  Herrera en imágenes
  Sitios que me gustan
 
©Carlos Herrera 2003, Todos los derechos reservados
Desarrollado y mantenido por minetgen, s.l.