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28 de julio de 2001

De Olallas y Galindos


La última víctima mortal de ETA, la tal Olalla Castresana, no podía siquiera suponer lo que, por regla general, depara su organización a todos aquellos jóvenes a los que capta de entre la chusma: la cárcel o el cementerio. A ella le ha tocado cementerio y el valiente luchador que salió por piernas dejando trozos de su novia esparcidos por el aire es muy probable que conozca en pocos días las impresionantes vistas que el cielo se tienen desde una celda. A esa pobre muchacha desplazada y a su sorprendida familia les llora el mundo terrorista vasco y publica una despedida sentidísima el obispo Uriarte, siempre tan cerca de los que sufren, como buen cura. Anasagasti  recordará en breve que no se debe presionar a los terroristas, ignoro si con la idea de que así pongan las bombas con más tranquilidad, y en el pueblo en que esta desgraciada vio por la luz por vez primera la nombrarán hija predilecta y víctima de lo que sea. Entretanto, los Tedax arriesgarán de nuevo su vida para que nadie acabe como Olalla (¿saben ustedes la miseria que ganas esos auténticos héroes?) y pasado mañana no habrá tanta suerte y reventará un paisano que pasaba por allí o un policía que intentaba desalojar la zona. Unos vascos, entonces, volverán a hablar de la autodeterminación, de los referéndums, de su famoso ámbito de tontería y la mentarán con la boca pequeña las desgracias ocurridas: la dinámica de condenas y justificaciones se repetirá y sólo habrá cambiado el panorama en que hay uno más en el cementerio y otro, tal vez, en la cárcel.

A medida que eso pasa, cada día son más los ciudadanos asturianos, andaluces, canarios, que quieren autodeterminarse del País Vasco, independizarse de los Eguibar, Arzallus, Ibarreche, y vivir en paz, ser independientes del tema vasco, del espejismo vasco, de la locura vasca.

Esta España que sangra no acaba de ver la linde de la colina tras la que está, dicen, el valle fértil de la paz. Muere gente, sufre gente, y sólo hacemos que trepar por riscos sorteando portavoces  parlamentarios, gudaris, olallas, bombas y ráfagas. No nos merecemos tanta mierda ni nosotros ni la muchacha que jugaba a los explosivos en una apartamento de Torrevieja y de la que escasamente se han podido juntar las dos piernas.

Sino y paradoja de un país que sienta en un parlamento a Josu Ternera y deja en la cárcel a quien le persiguió sin desvelo, el General Galindo, sin que se le revuelvan las tripas a este gobierno de pasmados.


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