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7 de septiembre de 2023

La sociedad, en decadencia, lo consiente


Los que hablaban de imposibilidad constitucional de la amnistía empezarán a rectificar en breve

Pedro Sánchez ha demostrado tener bien cogido el punto al electorado español. Sí, es el primer presidente que pierde unas elecciones al cabo de su primer mandato, excepción hecha del gran Leopoldo Calvo-Sotelo, que vivió una situación excepcional ya que el candidato fue Landelino Lavilla. Ha sido revolcado en Madrid, Andalucía, y demás comunidades, a excepción de Cataluña, donde muchos independentistas han votado al PSC porque lo consideran intercambiable. Ha perdido importantes ayuntamientos gracias al pacto de PP y Vox. Y el sonido ambiente, en general, es el de un permanente pitido acusatorio en contra de su persona y su gestión. Pero estas últimas elecciones supo leerlas debidamente: las convocó en fecha marrullera y contó con la colaboración involuntaria de la derecha española, que protagonizó una campaña manifiestamente mejorable. La diferencia de votos de municipales no fue tan gigantesca como estableció lo cualitativo, y pensó que con la campaña adecuada podía hacer valer sus posibilidades: tal vez no ganar en números absolutos pero sí poder gobernar con sus aliados. ¿Cómo va a ser posible después de haber mentido impunemente y de haber cometido actos de lesa honestidad y de haber puesto el Código Penal al servicio de sus socios?

Sánchez supo desde el principio que en su electorado, en sus votantes, pesaría más el asco a la derecha que el desacuerdo con sus acciones. Y eso no lo vio casi nadie. Muchos creían que el 'tsunami' antisanchista lo convertiría en chatarra política hiciera lo que hiciera; él, en cambio, supo adivinar que quienes le habían votado en las anteriores elecciones lo volverían a hacer en esta ocasión. No le tuvieron en cuenta sus diversas calamidades. Es tan fácil como echar cuentas: un 31% de votantes escogió su papeleta y en el cómputo total quedó a unos 340.000 votos del ganador, sumando en esta ocasión un millón de votos más que en 2019. En España hay casi ocho millones de personas que creen que Sánchez ha hecho lo correcto, a los que hay que añadir los que votaron a Sumar y al resto de Frankenstein. Por ello ahora mismo no tiene duda alguna de que puede negociar con Puigdemont lo que se tercie: si antes no le borraron del mapa, tampoco lo harán ahora. El ejército de asesores y plumillas que tiene acampado en Moncloa está elaborando argumentarios de todo tipo para distribuir a miembros del partido, el gobierno, la prensa del Movimiento y los portalitos de belén: la convivencia, pasar página y bla bla bla. Los magistrados paridarios del uso alternativo del derecho, tipo Pallín, y otros cuentistas, van diciendo que la simple mayoría parlamentaria hace constitucional cualquier ley. La negociación sigue, tratando de convencer al de Waterloo que puede no haber tiempo procesal para confeccionar la ley, pero que debe fiarse de la palabra de Sánchez. Los que hace nada hablaban de imposibilidad constitucional de la amnistía empezarán a rectificar en breve (Campo, miembro del TC). Y la sociedad, en decadencia evidente, no dirá nada. Habrá, pues, de todo.


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