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22 de diciembre de 2001

La alegre muchacha de Sevilla


¿Puede una ciudad sobrevivir a la atonía, a la apatía, a la falta de impulso político, a la desorientación y a la más absoluta carencia de criterio y autoridad de sus gestores? Parece que puede; porque de no poder ya se habría levantado en gritos. La última hazaña del Ayuntamiento de Sevilla ha consentido en compadrear con un grupo de estudiantes que han acampado frente a la puerta del Consistorio para manifestar su protesta por la LOU al estilo de los trabajadores de Sintel en la Castellana de Madrid.

Los concejales del PSOE gobernante y de IU han considerado la concentración de tal interés social que han garantizado a los campistas la toma correspondiente de luz y la asistencia logística necesaria. Todo es felicidad, litrona, perolada y tajadas de melón compartidas con algunos miembros del Consejo de Gobierno que salen a canturrear con la alegre muchacha bellas melodías de aire reivindicativo.

La delegada de Juventud ha propuesto comprar unas cervezas para hacer un botellón; el de Seguridad Ciudadana ha declarado no tener la intención de desalojar a nadie ya que «la inmensa mayoría de la ciudad apoya sus reivindicaciones»; el alcalde ha manifestado un cierto desagrado por no poder bajar las escaleras del Ayuntamiento sin tropezar con una sartén o una bombona y ha indicado que a él no le gusta ese bosque de tientas de campaña pero que el desalojo no es cosa suya, que en todo caso debe hacerlo la Delegación del Gobierno. Los de IU, evidentemente, están presentes en el vivac con la camaradería estudiantil que caracteriza su revoluciones pendientes, con su guitarra, con su cumbayá, e instan a los que aún no han acampado a que no pierdan la oportunidad de expresar de manera tan proletaria su disconformidad.

Unos y otros no saben que hacer ante este esperpento que se les va de las manos pero que no quieren reconocer que ha nacido de su falta de criterio y de su acomplejada falta de autoridad. Ahora esperan que alguien envíe a la Policía Nacional a que convenza a los jóvenes de que lo mejor es dejar la calle a los paseantes navideños y despejar la entrada municipal para que las severas autoridades sevillanas pueden pasar sin problemas a los despachos desde los que diseñan, sumidos en la eterna vacilación, cuando no en la ineptitud, el progreso inequívoco de la ciudad. Maravilloso panorama.


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