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16 de septiembre de 2022

El primo de la difunta


Resulta inconveniente para algunos que Juan Carlos acuda a despedir a su prima Lilibeth

Gran Bretaña, con todas las objeciones que quieran dibujar sobre el tapete, es un país tan singular como admirable. Seguramente también detestable, según quien cuente la feria, pero digno de una observación detenida, serena, a velocidad de óleo, con la perspectiva de los años, que en el caso de las dos grandes naciones europeas son muchos.

Un quehacer consuetudinario permite que se den escenas, por contraste, llamativas: la líder independentista escocesa, de luto sobrio y negro, no se ha perdido un solo acto de la despedida de una soberana que pareciera haber elegido Escocia para morir. Todo el cristianismo junto, anglicanos y católicos, despidiendo los restos mortales. El Rey Carlos de calle en calle, de parlamento en parlamento, recorriendo el Reino en promoción en su país y, de paso, en el mundo entero, que ha decidido televisar hasta sus pausas para el excusado. Esa campaña para el Reino Unido es sencillamente bárbara: ocupación de horas y horas televisivas –y mediáticas en general– enseñando tradición, costumbres y liturgia, especialmente liturgia de una monarquía que despide a su Soberana como si de una boda gitana se tratase.

Además, se han permitido jugar con sus reglas y no con los complejos de los demás. Pareciera que el Gobierno de España, exteriores e interiores, fueran los que hubieran de señalar los representantes de nuestro país en las exequias de Isabel II: antes de que tuvieran tiempo de deliberar, el Foreign Office trasladó una invitación para el Rey Felipe VI –con la Reina Letizia– y para el anterior titular de la Corona, Juan Carlos I –con la Reina Sofía–. Sánchez se ha tenido que inventar una cita en Nueva York para justificar su no presencia en Londres, donde nadie le reclamaba ni le esperaba y donde, de ir, le habrían colocado tras una cortina. Juan Carlos, por lo que he leído, no pensaba acudir de no ser explícitamente invitado o de no reclamar su presencia directamente el Rey Felipe. Pero hete aquí que se apercibe de que a la Embajada de España en Londres llega una invitación expresa con su nombre reclamándole en las exequias de su prima Lilibeth. En ese momento, con su nombre en un papel –que reconoce Zarzuela–, entiende que solo cabe decir que sí y acudir al último llanto por la prima que le convenció de que aprendiera a hablar inglés, siendo ambos muy jóvenes. Eso provoca algunas inexplicables incomodidades, tal vez en algunos ámbitos de la Casa del Rey –que no necesariamente en la Casa Real– y, por supuesto, en el cenagal gubernativo. Resulta inconveniente para algunos que Juan Carlos acuda a despedir a su prima Lilibeth, a quien tan unido se sentía a pesar de los desencuentros inevitables por mor de Gibraltar y alguna que otra cosa. ¿No puede un hombre sin ataduras legales en parte alguna moverse por el mundo para asistir al sepelio de un pariente?

¿Qué clase de país es este en el que resulta un conflicto que acuda a un funeral un primo de la difunta?

Afortunadamente nos quedan los británicos para poner a los Reyes en su sitio.


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