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26 de enero de 2002

En gratitud al PCE


Aquél inolvidable carajal que era la transición estaba a dos pasos de estallar por los aires. El tránsito español a la democracia era víctima de los extremistas, de los que imponían el terror, de los que sólo contemplaban la ruptura con sangre y violencia y, en consecuencia con ello, el asesinato de los abogados laboristas de Atocha acercaba peligrosamente la llama a la espita. Un solo milímetro separaba ambas partes y evitaba la explosión, un solo milímetro hacía esquivar un estallido social de difícil retorno, un solo milímetro hacía posible que se sorteara la desgracia colectiva de un pueblo que soñaba con equipararse a las democracias de su entorno. En ese milímetro es donde el Partido Comunista de España mostró una grandeza sin precedentes y brindó a la sociedad no debería olvidar jamás. La transición fue posible gracias a que un espíritu pactista y de reforma se instaló en el anhelo político de aquellos protagonistas. No voy a insistir sobre lo obvio. Pero no es menos cierto que, parejos a un esfuerzo notable de quienes tenían el poder, fueron determinantes la serenidad y responsabilidad históricas del primer partido de la izquierda española, del partido que había nucleado la oposición al régimen de Franco.  Sin el sentido histórico del Estado que demostró el PCE, aquel trasiego hubiera sido mucho más farragoso y sangriento de lo que fue. Renunciaron a tantas cosas, al menos, como a alas que renunció el poder establecido; sujetaron sus inevitables impulsos callejeros y mostraron una disciplina envidiable desde cualquier formación política. Gracias a ello, en buena parte, estamos como estamos. Esa es la razón por la que mantengo que tenemos todos una deuda con los que, desde aquella jefatura comunista venida del frío, del exilio y de la confusión dictatorial de los regímenes que cayeron con el muro, entendieron que sólo desde el pacto, la renuncia y la serenidad se podía construir un escenario de reconciliación política.


Ninguno de aquellos protagonistas está hoy en activo. Y si lo están, no están en el PC. Unos peregrinaron al calor de otras formaciones emergentes, otros se hicieron gastrónomos y otros cuantos se trasnocharon. Y los herederos de aquellos españoles ante los que estamos en deuda eterna son, paradójicamente, los singulares dirigentes de esta desconcertante Izquierda Unida que tan distante resulta del auténtico legado político de los abogados de Atocha. No conviene olvidarlo.


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