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9 de febrero de 2002

Los palmeros de la Audiencia


La enternecedora imagen de los jueces de la Audiencia Nacional escoltando en su salida a los presuntos prevaricadores de la Sala Cuarta ha vuelto a despertar la reiterada sospecha de corporativismo vergonzoso que padece el colectivo judicial. Siro García, el capitán de ese sensible grupo de comprensivos magistrados, abría ayer todo el cortejo  llevando del brazo a Carlos Cezón como quien lleva a un enfermo recién salido del quirófano, mientras los demás compañeros de taller aplaudían arrobados la marcha de tres caballeros que simplemente dejaron escapar por las buenas a una narcotraficante peligroso y, en anteriores actuaciones, a diversos miembros del entorno de la banda terrorista ETA.


¿Qué tiene que pensar el ciudadano común de tan conmovedor gesto? ¿Tal vez que los demás jueces hubieran tomado la misma decisión y que todo se resume en una cacería incalificable de tres honrados y rectos caballeros de la ley? Viendo tan solidario comportamiento de los jueces, somos varios los que nos preguntamos a qué esperan los trabajadores de todas las salas y todas las secciones a salir a las escaleras a aplaudir a las muchas víctimas de la droga, de la misma droga con la que traficaba «El Negro», en cualquiera de los muchos días en que han tenido que acudir a la Audiencia Nacional a testificar en diversos sumarios. ¿A qué espera Siro El Comprensivo acompañar hasta la puerta del edificio a cualquier de las madres que ven morir cada día a sus hijos como consecuencia de la miserable mercancía con la que se enriquecen —y tal vez corrompen y sobornan— los diversos Carlos Ruiz que pueblan nuestro entorno? ¿A qué esperan los Divar y demás palmeros para sentirse miembros de un cuerpo bastante más castigado que el de los jueces y que es el de las distintas víctimas horrorizadas por la tranquilidad con que se abordan algunos sumarios?.


En lugar de ello, esta clác de víctimistas han optado por dar a entender que los Cezones no merecían una investigación por sus actuaciones, significando con ello que son una élite intocable y privilegiada.


Nos ha turbado su delicadeza, su sensibilidad con el más débil, su deseo de estar al lado de las víctimas de las injusticias. No podemos con la emoción; no podemos; estamos a punto de romper en llanto.


¡Cuantísima poca vergüenza!


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