20 de agosto de 2019
 
   
     
     
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15 de marzo de 2002

El Nuevo periodismo


«Hoy el periodismo parece estar conformado, fundamentalmente, por el grupo de pelmas con cámara y micrófono que se plantan a las puertas de la casa de algún personaje conocido y que se dedican a seguirle a pie preguntando y preguntando»

La estupefaciente peripecia que está protagonizando una anciana española condenada en la India por haber sido sorprendida con una determinada cantidad de droga ha reavivado el debate sobre los límites de la investigación periodística y sus métodos correspondientes. Más allá de que la acción de estos dos avispados periodistas esté llena de incógnitas, que lo está, el periplo de una anciana que ha salido de prisión gracias a las gestiones políticas y diplomáticas de las autoridades españolas y a la difusión de su propia familia a través de los medios de comunicación es, cuando menos, generador de expectación. Se asegura que la anciana habría recibido una cantidad generosa de dinero a cambio de mantenerse en silencio y retrasar su llegada a España; de esa manera, dosificando incluso los contactos con su propia familia, los periodistas negociarían una jugosa y suculenta exclusiva con alguno de los medios que estuviesen dispuestos a pagar. La pregunta que algunos se hacen es: ¿qué pasaría si ningún soporte televisivo o impreso quisiera entrar en ese juego y los protagonistas de esa pequeña o gran ratonería se quedaran compuestos y sin reportaje? Posiblemente todo se reduciría, al fin, a un viaje de vuelta por Jordania y a una familia molesta por las declaraciones de la citada abuela en las que minimiza el papel jugado por esta en su liberación. Cosas de familia, dirán algunos. Pero posiblemente, también, se tratara de un correctivo solemne que la profesión se daría a sí misma. No soy optimista, está claro: un colectivo como el nuestro, en el que las prácticas dudosas configuran lo habitual, considerará este pasaje como uno más de los muchos que se abordan a diario en las mesas de redacción. Un país como el nuestro en el que determinados programas abonan fortunas a mediocres e inexplicables personajes por airear sandeces referentes a sus alcobas o a sus maridajes, no puede sorprenderse porque una mujer encarcelada haya querido negociar determinadas condiciones antes de volver a casa (parece que, finalmente, dará una rueda de prensa y «contestará a todas la preguntas que quieran hacerle»). Hoy el periodismo parece estar conformado, fundamentalmente, por el grupo de pelmas con cámara y micrófono que se plantan a las puertas de la casa de algún personaje conocido y que se dedican a seguirle a pie preguntando y preguntando aunque el personaje diga amablemente que no quiere contestar. Persiguen al objetivo hasta su alcoba, en las estaciones de tren, en los largos pasillos de los aeropuertos, ofreciendo un grotesco espectáculo de película muda en el que todos corren mucho y quieren llegar deprisa a su refugio. Luego llevan esas imágenes a un montador que repite hacia detrás y hacia delante unas tres o cuatro veces alguna de las muecas que haya hecho el personaje y un gacetillero con supuesto talento pone voz en off con alguna gracia desternillante llena de brillantez. Se trata de eso. De tanto insistir y martirizar a la mismísima Duquesa de Alba, han conseguido que la más Grande de las Grandes de España acabara haciendo un corte de mangas ante las cámaras de tan intrépidos reporteros.

En  muchas ocasiones, la simple frase de «no tengo nada que decir» es noticia en sí misma, con lo que, con tal de conseguirla, muchos son obligados a pasar horas y horas, días y días, ante la morada de su objetivo. No digamos si el lote jugoso de su presión y su espera es nada menos que un Fitz–Stuart gestualizando al uso de los más comunes y ordinarios. Se considera poco menos que una hazaña; en la redacción están satisfechísimos, felicitan al pelma, brindan por el éxito del periodismo moderno y se proponen nuevas metas<


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