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22 de octubre de 2021

Ojo con la alimentación


Lo de Otegui y compañía es una broma comparado con la ira que produce ver las cosas más caras

El foco de la atención mediática ha recaído en las últimas horas en la asombrosa tomadura de pelo de las declaraciones de Otegui y el coro de idiotas a los que les ha subido el azúcar creyendo estar ante una declaración histórica de arrepentimiento, cuando estaban ante una representación barata del tuya-mía. Entiendo el interés. Blanquear a Bildu para aprobar presupuestos a cambio de beneficios a las asesinos presos es noticia de envergadura. Y asco también de envergadura. Pero el rumor de fondo que va creciendo desde diversos ámbitos empresariales nos debe tener más atentos de lo que probablemente estamos.

Grandes empresas de alimentación están alertando a quien quiera oírles acerca de la grave situación por la que puede transitar el equilibrio de precios en los próximos meses. La luz, las materias primas y el transporte internacional no solo están complicándole la vida a empresas de siderurgia o metalurgia, también a quienes fabrican elementos de consumo diario relacionados con los alimentos que vamos a comprar a los supermercados. La pregunta hoy en día debe ser planteada acerca del tiempo en el que la industria alimentaria podrá absorber esa subida de costes, y si ese colchón permitirá transitar con comodidad esta campaña de Navidad. Las empresas confían en que los ahorros acumulados durante la pandemia permitan unas ventas saludables, pero la preocupación de muchas de ellas está situada en el próximo enero: hay acuerdos que se cierran anualmente y que, revisados al alza en el inicio de 2022, provocarán una inevitable subida de precios en productos considerados prácticamente de primera necesidad, ya que el margen del sector alimenticio se agota poco a poco. Esa subida no será absorbida por los grandes canales de venta y, finalmente, el precio de las cosas subirá, abocando el escenario general a una espiral inflacionista. Unos afirman que se trata de un fenómeno coyuntural, que las cosas volverán a su ser y que estaremos solo ante una tormenta en un vaso de agua. Otros afirman que se trata de algo más estructural y que va a poner en aprietos a las economías más sensibles. Ni que decir tiene que la nuestra está entre ellas.

Ante esa situación, un gobierno con capacidad de reacción puede poner en marcha algunos cortafuegos: sabe que le costará un pastizal la subida de pensiones y sueldos públicos, pero puede tratar de hacerle la vida más fácil a unas empresas que, de no poder mantener su competitividad, prescindirán de trabajadores, con la consiguiente repercusión que ello tiene en todo lo que sabemos. Cuando los precios de la cesta de la compra suban -y la cuesta de enero puede ser cruel-, todos mirarán a La Moncloa: lo de Otegui y compañía es una broma comparado con la ira que produce ver las cosas más caras y tener una pequeña empresa a la que, además, masacras con subidas de impuestos. Si el pollo te cuesta más y te cobran más por respirar, todo envuelto en esa verborrea barata de Sánchez y sus coristas, más de uno tendrá que medir bien sus días contados.


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