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12 de abril de 2002

Redondas verdades


«Decir lo que ha dicho Nicolás es como decir que a los delincuentes hay que castigarlos, a los estudiantes examinarlos y a los emigrantes regularlos: cosa de sentido común, pero de consecuencias imprevisibles»

Adiós, Nicólas. Puerta, Camino y Mondeño, o se, muchas gracias por el tiempo empleado en hacer más digno el lodazal político vasco, pero adiós, a casa, que los tuyos están ahora en otra cosa, en otro trámite negociador. Tú, a tu casa, que el partido está en manos seguras y sobrias. Las manos que han firmado el primer acuerdo con el PNV son las que aventuran el futuro que nos espera: su debut en el consenso se ha traducido en el nombramiento de un Defensor del Pueblo que no sabe que una parte del pueblo vasco mata o persigue a la otra, como  ayer recordó brillantemente Edurne Uriarte, o que considera inadecuado tener a un adjunto que pertenezca al PSOE. Semejante indecente, el tal Oquiñena, perteneciente al fragmento vasco de los que miran par otra parte mientras aquellos a los que jamás ilegalizaría dan vivas a los asesinos —o, simplemente, matan— es el gran logro consensuado de esa nueva dirección socialista que quiere escenificar su danza solitaria. Vaya primera elección. Otro puyazo que les clava el PNV antes de que vuelvan al caballo así les muestren el engaño y vuelvan a empezar. Van a convertirse en cómplices de que la gobernación vasca siga abasteciéndose de indeseables y de miserables como el mentado, pero da igual.


Y, a todo esto, a Nicolás se le ocurre decir, al tiempo que cierra suavemente la puerta, que está más cerca de Jaime Mayor que de Arzalluz, más cerca del autonomismo y de la constitución que de la autodeterminación, lo cual pude suponer que a determinados mediocres se les inflame esa vena que acaba provocando la cólera del español sentado. A cualquier socialista sensato, con proporciones normales de decencia moral, de responsabilidad política, le parecería normal estar más cerca de un hombre de centro derecha, con posición inequívoca ante los asesinos, con impecable trayectoria democrática y con criterios ampliamente autonomistas que de un salvaje de extrema derecha, espesa y expresamente antidemocrático y con doble lectura ante el crimen del que tantas veces ha reconocido beneficiarse. Parece prudente y juicioso estar más cerca de Mayor Oreja que del hombre que con más pericia ha sabido azuzar el odio y la malevolencia, pero, sin embargo, ello habrá de costarle a Redondo un conjunto de invectivas que no habrán de tardar en suceder y que llegarán desde su propio partido, el mismo que ha considerado indispensable que tome el camino de vuelta a casa y que cierre la puerta por dentro. La que te va a caer, amigo, ponte a cubierto. Decir en esa tierra que uno prefiere a Mayor Oreja que a Arzalluz es un acto de valentía incuestionable que no tienen agallas de poner en práctica muchos socialistas, incluidos quienes los piensan. Es parejo a decir en cualquier punto de España que los sindicatos se han transformado en una partida de holgazanes liberados y bien pagados incapaces de preocuparse por los que no tienen trabajo: la empresa pública está llena de individuos que viven del cuento de elaborar hojas informativas y la empresa privada de otros tantos que no dan golpe ni para descansar. Decir lo que ha dicho Nicolás es como decir que a los delincuentes hay que castigarlos, a los estudiantes examinarlos y a los emigrantes regularlos: cosa de sentido común, pero de consecuencias imprevisibles, ya que parece surgir del acomplejado fondo de los individuos un indeterminado rubor que les impide situarse más cerca del bueno que del malo y que les hace descalificar al que toma posiciones en ese sentido.


Llegarán tiempos mejores. Nicolás, no debemos dudarlo. Entre tanto se acercan, recibe el agradecimiento de la gente decente y saboréalo con el sosiego de los que no tienen prisa por tardar, como escribi


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