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8 de octubre de 2010

Ya estaban tardando


Lo malo, o lo bueno, de la concesión de este premio es que deja poco resquicio a los enemigos de su discurso vital

DESCUBRÁMONOS ante el derroche de imaginación que exhiben los miembros de la Academia Sueca para explicar por qué le conceden el premio Nobel de Literatura a un sujeto concreto. Lo más probable es que tanto usted como yo llevemos leyendo a Mario Vargas Llosa desde hace decenios por multitud de motivos, su fecunda imaginación, su uso delicado y frondoso del español, su facilidad para urdir arquitecturas novelescas de improbable comparación, el despliegue inusitado de sentido común en sus discursos y, si me apuran, hasta el agrado con el que aborda su relación con el mundo editorial o con la fauna periodística que divulga su obra.
 
Entre todas las razones que nos han llevado a muchos a perdernos en las páginas de sus libros, en cambio, me cuesta creer que pueda predominar el desvelo por «las cartografías del poder» o por «las mordaces imágenes sobre la resistencia, la revuelta y la derrota individual». No obstante, bien está lo que bien acaba: con más de veinte años de retraso se reconoce a Vargas Llosa como el más grande escritor vivo en nuestra lengua y se premia su imaginación poética, su hondura de pensamiento, su ingenio y profundidad, su transcendencia elegante de la realidad, su tozuda defensa de la libertad y la fecundidad aplastante de sus reflexiones sociopolíticas. Y algo más, suficientemente inusual como para ser recordado tras el paso de cada página de sus libros: la decencia de su postura inalterable ante las dictaduras.
 
El peruano, o hispano peruano, jamás ha coqueteado con los tiranos de su tiempo, con los gigantes de la represión, con aquellos que han manipulado fraudulentamente los destinos sus pueblos. A diferencia de cientos de sus contemporáneos, Vargas Llosa puede exhibir sin complejos una decencia poco usual en su gremio, decencia que no es otra que no haber servido de coartada intelectual para justificar los asaltos a la libertad con la que nos han obsequiado autores y mandatarios que están en la mente de todos. Neruda, un gigantesco poeta, pasó media vida defendiendo a Stalin y García Márquez, monumental fabulador, ha mordido su propio prestigio justificando las satrapías de Fidel Castro, sin ir más lejos.
 
Acostumbrados a las posturas atípicas y las apuestas llamativas de los académicos suecos, la elección del autor nacido en Arequipa sorprende por la llaneza de la misma. Después de alimentar el siempre atractivo mundo de las minorías intelectuales, el Premio Nobel va a parar a un superventas. Parece inaudito pero es así. A un superventas que no ha elaborado parte de su leyenda jugando a convertirse en un eremita malencarado. Parece como si a algunos les molestase que uno de los más grandes literatos de nuestro tiempo —y de todos los tiempos— fuera, además, un caballero encantador, que no escupe a sus entrevistadores ni detesta a sus lectores, que es fecundo en el comentario de su obra y que no lanza mensajes crípticos ni inalcanzables sobre la razón de sus escritos. Lo malo, o lo bueno, de la concesión de este premio es que deja poco resquicio a los enemigos de su discurso vital: argumentarán que es un escritor liberal, craso pecado, pero no podrán esgrimir razón alguna contra la grandiosidad de su trabajo. Años ha, cuando me dejé caer en el incomparable relato de «La Guerra del Fin del Mundo», entendí que Vargas Llosa había nacido para hacernos más feliz la existencia.
 
Habrá que agradecer a los sesudos suecos, o noruegos —que nunca sé quién es quién— el revolucionario hecho de que, por una vez, hayan pensado en la mayoría. Ya estaban tardando.

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