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21 de junio de 2002

Horacio y la huelga


«Cuando les he dicho que los sindicatos convocaron ayer jueves una huelga general política con la excusa de una ley de empleo del Gobierno, o más de uno le ha costado creerlo y más de dos, con cara de tango lento, han levantado la mirada al techo»

Horacio García Blanco era un tipo singular y querido acá en la Argentina, donde ando estos días. Su peculiar estilo informativo y su conocimiento del boxeo y de un materia casi religiosa en este país como es el fútbol le hacían ser respetado y admirado por todos. No era el hombre que mejor cantaba el gol, como lo fue en su día el Gordo Muñoz, pero sí quien mejor lo comentaba. Aficionado por igual a los hipódromos —su caballo se llamaba «Pelotari»— como a la buenas mesa, Horacio estaba gravemente enfermo del riñón; tanto que sólo una intervención que, al parecer, ya tenía cerrada en España podía salvar su vida y en la que estaba dispuesto a invertir, como es lógico, las ahorros que tenía depositados en una cuenta corriente de un banco de Buenos Aires, el Banco Privado. Ni el riñón ni Horacio contaron con que el «corralito» financiero que ha empobrecido y atenazado a los argentinos impedía que una sustanciosa cantidad de dinero fuera retirada del mismo por muy transcendental que fuese la causa que lo instara a ello Acudió a los tribunales en la espera de que el sentido común de la justicia argentina le permitiese disponer de lo suyo para un claro caso de vida o muerte… y la justicia, a través de una conchuda juez de nombre María Carrión de Lorenzo, sólo le permitió extraer de su cuenta el diez por ciento del total. Horacio suplicó infructuosamente al menos el cincuenta por ciento, con lo que podía cubrir los gastos de la intervención, estancia, tratamientos y lucro cesante de la larga convalecencia, pero la juez dijo que no. Tiempo después, Horacio García Blanco, tras una agónica lucha a vida o muerte, falleció como consecuencia de una neoplasia renal. La conchuda juez se encogió de hombros, alegó que «se había ajustado a derecho» —olvidando que pocos meses antes su marido si fue autorizado a retirar sus fondos para tratarse de un cáncer—, se pintó las uñas y se fue a una confitería a acabar de pasar la tarde. El lacerante caso de Horacio resume como pocos la desgracia de un país tan surrealista y apasionante como la Argentina, en el que un cincuenta por ciento de los ciudadanos trasiegan por debajo del umbral de la pobreza y un veinticinco por ciento está sin trabajo, en el que todos han visto menguar sus ahorros hasta la quinta parte como consecuencia de la devaluación de su moneda, en el que la inseguridad jurídica, la anormalidad institucional, la corrupción generalizada, la delincuencia feroz, las sucesivas hiperinflaciones y la falta absoluta de prestaciones sociales hacen que sobrevivir sea una heroicidad diaria.


Estos argentinos que estallaron socialmente hará unos meses y que, hoy en día, parecen narcotizados por la perplejidad de su situación y por la poca esperanza que brinda el pensar que ya no se puede estar peor, dicen con resignación que con tal de que la famosa luz que se ve al fondo del túnel no sea un tren que viene en dirección contraria ya se dan por satisfechos. Y señalan, entre suspiros, la envidia que les produce que en España, tan lejos y tan cerca, el paro ronde el ocho por ciento, la inflación el tres o el cuatro, el crecimiento económico ande por encima del de los países de su entorno y los trabajadores tengan derecho a un subsidio de desempleo y a que la Seguridad Social cubra las inclemencias de su salud. Cuando les he dicho que los sindicatos convocaron ayer jueves un huelga general política con la excusa de una ley de empleo del Gobierno, a más de uno le ha costado creerlo y más de dos, con cara de tango lento, han levantado la mirada al techo.


Y es que hay cosas que, en según qué sitios, suena a o


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