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23 de julio de 2010

Esto es lo que hay


La generosidad con la que Contador dejó vencer a Schleck ha sido un respiro. Acabada la etapa, vuelve la realidad

ARRANQUE de optimismo veraniego: España puede sentirse orgullosa de los hombres y mujeres jóvenes que pelean por destacar en los diferentes ámbitos concursales de la vida, orgullosa de una nueva generación de tipos bien pertrechados de ambición y destreza que alcanza pequeños éxitos diarios allá donde ellos van. Arranque de pesimismo estival: valiente generación de inútiles que ni estudian ni trabajan ha criado la sociedad a sus pechos con la leche materna de la Logse. El habitual transtorno bipolar que atormenta la opinión de este humilde columnista se me reprodujo ayer, de forma violentamente aguda, viendo el angustioso final de etapa del Tour a su llegada al Tourmalet: de forma casi segura, un hombre sencillo, educado, combativo y sonriente, Alberto Contador, se va a proclamar vencedor de la ronda gala por tercera vez, y lo va a hacer desde lo que tiene de excepcional la normalidad. Ya es normal que ganemos los Tours, o Wimbledon, o los mundiales de fútbol o basquet. Es normal que en el mundo científico las publicaciones que se realizan desde este solar tengan un peso respetable. Como lo es que en las más importantes estructuras empresariales del mundo figuren jóvenes profesionales educados en España. Es decir, es normal que desde fuera se vea a esta sociedad española, tan lastrada en diferentes ámbitos durante las diversas «largas noches» en las que ha dormitado, con una cierta mueca de sorpresa y admiración. Sin embargo, más allá del orgullo emocional adolescente de ver triunfar a un compatriota en una disciplina dura, sacrificada y disputadísima, un algo te dice que ese país no es cierto, que España no es Contador o Nadal. Eso queda compensado por el hecho de que casi todos los países suelen pensar algo así de ellos mismos, sobre todo cuando es otro el que triunfa, pero la realidad es que crece el pesimismo acerca de los valores de la emergente sociedad civil que nos tiene que empujar por las rampas de este apasionante siglo XXI.

Desgraciadamente, aseguran agudos observadores sociales, la indolencia y la falta de competitividad de los españoles nacidos ya pasada la Transición hace sospechar que el futuro es una apuesta fallida; viendo, sin embargo, a las puntas de sierra de las gráficas, algo nos hace sentirnos esperanzados: ¿La España de pasado mañana será la de los Contadores o la de los holgazanes niñatos de la borrachera diaria?

Es bastante común, por otra parte, considerar que no se sostiene la comparación entre esta crema llena de éxito y la costra dirigente que en España toma decisiones transcendentales. Gozamos de números uno en disciplinas tanto colectivas como individuales, deportivas o médicas, financieras o artísticas, todas de primer orden mundial, y, en cambio, asistimos resignados a la medianía rampante, a la mediocridad manifiesta de líderes sociales incapaces de distinguir un pargo de una rapaz. ¿Qué ha llevado a que la gestión pública sea, con las excepciones debidas, alguna de ellas ciertamente notable, un refugio de cantamañanas?

La generosidad con la que Contador dejó vencer al excepcional Schleck en la cima pirenaica más temida, su elegancia en la victoria, su capacidad de trabajo y su persistencia en el triunfo ha sido un respiro de verano. Acabada la etapa, vuelve la realidad. Y esto es lo que hay.
 


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