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4 de diciembre de 2020

Giscard, el tutor


El europeísta Giscard fue el gran estorbo para la entrada de España en la entonces Comunidad Económica

Giscard, recientemente fallecido, no desconocía España. No se trataba solo del arrogante francés que miraba desde lo alto de sus cejas al pobre país vecino. El presidente francés de los setenta había venido no pocas veces de visita cinegética por estos lares. En una de sus pasadas tuvo tiempo de decirle al entonces Príncipe Juan Carlos, Jefe de Estado por enfermedad del titular: «No le devuelva usted el poder a Franco». Cómo si eso fuera tan fácil, pensó el interpelado. Con el fin del franquismo Giscard pensó que él era quien debía apadrinar la llegada de la Democracia a España. Cuando Juan Carlos organizó su Proclamación, después de que al funeral por el fallecido solo viniera Pinochet, entendió que la mejor manera de legitimar sus primeros pasos es que acudieran el canciller alemán, el presidente francés y diversos miembros de las coronas europeas, esencialmente la británica de su prima Lilibeth. Todos accedieron, pero el vecino inmediato puso pegas. Giscard solo estaba dispuesto a venir si se le dispensaba un trato diferenciado. Así se lo hizo ver a Manuel Prado, el enviado por Juan Carlos al objeto de convencerle. De ahí nació el famoso desayuno previo a todos los actos con el que el Rey español le obsequió. Era una manera de agradecer su presencia por un lado y de ufanarse el visitante como tutor de la democracia española por el otro. Cargante como pocos, Giscard asistió a la ceremonia en los Jerónimos y se fue a Francia sin asistir al banquete en el Palacio Real aduciendo tareas de Estado inaplazables. Cuando vino de visita oficial a España en el 78 y se disponía a intervenir ante el Congreso de los Diputados insistió en que se le abriera la Puerta de Los Leones. Alguien le hizo ver que esa puerta solo se abría al comienzo de cada legislatura. Contrariado, decidió dar su discurso en el Senado.

Se empeñaba en tratar de asuntos de Estado solo con el Rey. De Rey a Rey. Juan Carlos le recordaba que su papel no era ese y que la persona indicada era Adolfo Suárez. Suárez detestaba a Giscard y éste le ignoraba. Conocida es la historia de la visita al Elíseo de Suárez en la que tuvo esperando en los pasillos al presidente español, que se negó a entrar en el despacho del francés hasta que este le viniese a buscar y que también se negó, por demás, a beber el vino excelente con el que quiso presumir Giscard con suficiencia algo perdonavidas. «Solo bebo leche», le dijo el de Cebreros, «y de comer quiero tortilla francesa».

El europeísta Giscard, padre de una Constitución que sus propios nacionales no votaron, fue el gran estorbo para la entrada de España en la entonces Comunidad Económica. Temiendo a los agricultores franceses, paralizó nuestro acceso en el 81, al igual que se desentendió de la lucha contra el terrorismo de ETA, de quienes decía que eran «un problema interno español». Los etarras campaban a sus anchas por Francia y así siguieron hasta que Felipe convenció a medias a Mitterrand. Que descanse en paz.


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