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11 de septiembre de 2020

Sin liquidez y en las peores manos


Si se controla la epidemia, todos respiraremos algo. Pero ese no es un escenario visible en lo inmediato

El Gobierno pierde una votación que es normal que pierda. No se puede tocar las gónadas de todos todo el tiempo. Hay momentos en los que hasta tus socios se rebelan y te dicen que no, que no puede ser, que no vale todo, que meter la mano en la caja de los dineros municipales con el cuento de que lo haces por su bien no está bonito, y que amiguiños, amiguiños, pero a vaquiña polo que vale.

Este es un Gobierno acuciado por la liquidez, cosa que se comprende. Cae la recaudación y crece el gasto social, hay que hacer frente a muchos pagos ceñidos al bienestar y la subsistencia, subsidios y demás -que igual habría de afrontar cualquier otro gobierno-, y hay que buscar dinero debajo de las piedras. Y, a ser posible, encontrar una fórmula para gastar menos. Ayer la ministra Calviño no me quiso negar la congelación de sueldo de los funcionarios. Cuando un responsable político no niega una aseveración es que la está considerando. No sé si se dejará de actualizar el salario de los tres millones de individuos que se dedican a la función pública, pero todo indica que, si el Gobierno no quiere ver sus cuentas sometidas a más tormento del que ya les acosa, deberá considerar muy en serio esa posibilidad. Calviño, que es de natural amable y prudente, no acostumbra a soltar coheterías insolventes, pero sabe mejor que los demás de qué tipo de elementos está rodeada. Y sabe que una de sus batallas es ingresar realismo en el batallón de demagogos que le acompaña en la política gubernativa: realismo es considerar improcedente la subida de impuestos, imprescindible la contención del gasto y aconsejable la inversión del Gobierno en proyectos rentables para el bien común.

Los Presupuestos lo contemplan para el que quiera comprobarlo: la Administración gasta el dinero fundamentalmente en cinco apartados, el llamado capítulo uno, el gasto en subir la persiana cada mañana -lo que cuestan policías, médicos, profesores, etc.-, el dedicado a pagar las pensiones, el que afronta los subsidios de desempleo, el que se dedica a sanidad y el que cuida la educación. Cuando has cubierto todo eso, te queda un tanto por ciento para pagar la deuda, ahora una cantidad para sufragar los ERTE, riego de chiringuitos varios, transferencias extraordinarias que siempre se llevan los mismos e inversión en infraestructuras, tecnologías y modernizaciones imprescindibles. ¿Se puede ahorrar en el gasto? Claro, pero no es tan amplío el margen: antes o después tienes que recortar, congelar sueldos y pensiones y otras piruetas que ya puso en práctica Zapatero cuando despertó una mañana con el déficit al once y pico por ciento. La pregunta que todos nos hacemos no es si este Gobierno recortará, sino cuando y en qué medida, llore o patalee la supuesta parte social y vocinglera del Ejecutivo. Es lo que ayer dejó entrever Calviño aunque no quisiera ser explícita. La crisis no será resuelta de forma tan alegre como vaticinan las autoridades económicas: volveremos a crecer, evidentemente, porque por poco que se incremente la acción empresarial despegaremos de este suelo árido, pero eso no quiere decir que lo perdido sea fácilmente recuperable. Si se controla la epidemia, el intercambio se anima, empresas y particulares vuelven a ingresar, hacienda podrá recaudar más y todos respiraremos algo. Pero ese no es un escenario visible en lo inmediato.

De ser este un Gobierno conformado por los Calviño, Escrivá, Maroto, Planas o Robles, resultaría fácil ponerse todos de acuerdo en las urgencias a las que hacer frente. Pero no son ellos quienes encabezan todas las decisiones. Al frente está un tardoadolescente ensimismado y al lado un cantamañanas con moño, que creen vivir como superhéroes en una serie televisiva. Y la vida es otra cosa.

 


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