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10 de julio de 2020

Las comisiones inquietantes y el cuento sanchista


A quien investiga un fiscal suizo no es a Juan Carlos de Borbón

Sánchez rebuscó en su gabinete de ideas las dos palabras adecuadas para meterle las cantas a La Corona. Preocupante. Inquietante. O algo así. La condescendencia con la que supuestamente bendijo a Felipe VI era toda una definición de intenciones, dando a entender que le salva gracias a su inmensa generosidad. La embestida sorda no tenía como objeto los problemas que pueda tener el Rey Juan Carlos, todos ellos en la patria de las conjeturas; la embestida va dirigida a la Institución, a la esencia misma de la Monarquía. Digamos que viene a ser un pellizco de monja, pero de monja ciclópea y psicópata. Independientemente de las maniobras más o menos bajunas de un sujeto como Sánchez, convendría señalar algunas particularidades definitorias del asunto.

A quien investiga un fiscal de Suiza no es a Juan Carlos de Borbón. Es a Corina nosequemás. La investigación ha querido ser completada con la información que pueda aportar quien ha estado a su lado en diversas idas y venidas. El fiscal suizo sabe perfectamente, y antes o después deberá aclararlo, que Juan Carlos no pudo recibir comisiones por la construcción del AVE por la sencilla razón de que no concuerdan las fechas. Y porque tampoco concuerda el sentido común. Las comisiones por una adjudicación, de darse, las recibe el que adjudica, no el que reina en el país de la empresa que hace la obra. Es decir, de recibir alguien un porrón de pasta ese debería ser el Rey saudí. Lo cual no es contemplable. Por demás, nadie suelta unas supuestas comisiones tres años antes de concluir unas obras.

De haber recibido Juan Carlos un determinado monto de dólares de parte de la Corona saudí, ello se ceñiría a una donación generosa hecha por el monarca correspondiente. El problema no sería de origen, sino de declaración fiscal. Los árabes poderosos suelen ser generosos con sus congéneres, lo cual no exime de nada, pero explica muchas cosas. Los dos Ferraris que regalaron a Juan Carlos y Felipe VI, que fueron cedidos a Patrimonio y posteriormente subastados, supusieron meses de distanciamiento entre ambas instituciones. Sencillamente, no lo podían entender. Pero esa, insisto, no es la cuestión. El asunto puede quedar en una donación no declarada, con reducción esencial de gravedad si se puede demostrar testimonialmente.

Suponer que la empresa que ha construido el AVE de forma ejemplar (y gracias, entre otras cosas, a las gestiones de Juan Carlos) ha despistado dinero en beneficio de comisionistas es un insulto inadmisible para empresarios ejemplares. Las gestiones que Juan Carlosha venido realizando a lo largo de sus años de reinado en beneficio de las empresas españolas son incontables. Aquí y allá. Arriba y abajo. Trenes y carreteras. Oleoductos y puentes. Y de ello no se acuerda ninguno de los que dicen tanto inquietarse. La célebre casa de Lanzarote, La Mareta, fue regalada por Hussein de Jordania a la persona de Juan Carlos. Hacienda le advirtió que debía pagar tantos millones y el Rey la cedió a Patrimonio. Es la casa en la que han pasado días de vacaciones Zapatero y Sánchez, con sus familias, poco antes, por lo que se ve, de inquietarse tanto por las noticias que recibe.

El proceso a Juan Carlos es un ejemplo de los que acostumbra nuestro tiempo. El objeto de la investigación y la inquisición popular, el Rey, no puede defenderse de todo aquello de lo que es acusado. Es un injusto procedimiento. No hay compensación entre señalamiento y defensa.

Juan Carlos, sin poder alegar públicamente ningún descargo, ha de ver cómo después de tantos años, queda ensombrecida su ejecutoria por las maniobras de una amante despechada y un policía corrupto. 


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