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10 de enero de 2003

La Apocalipsis de Ruth


«Si la provocador Ruth quisiera, podría dejar en prisión a esos etarras a los que compadece tanto sin que los mismos magistrados deslumbrados por su ejecutoria pudieran echarle en cara su decisión»


Andan algunos magistrados exquisitos fascinados por la pulcritud del trabajo de la apocalíptica Ruth Alonso. Su limpieza en el proceso habría consistido, dicen, en ajustarse intachablemente a la más estricta legalidad. Ninguno de ellos, empero, ha establecido la diferencia sutil que separa el deber y el poder. Se dice que la adventista Ruth podía tomar tranquilamente la decisión de excarcelar asesinos ya que la ley se lo permite; pero ninguno de ellos dice que la ley no le obliga a tomar forzosamente esa decisión. Efectivamente, la discrecionalidad dejada en manos de los jueces admite que estos opten por la alternativa que prefieran, pero no condiciona sin más a que, como ocurre en casos como éste, determinen la libertad directa de los condenados por delitos graves. Si la provocadora Ruth quisiera, podría dejar en prisión a esos etarras a los que compadece tanto sin que los mismos magistrados deslumbrados por su ejecutoria pudieran echarle en cara su decisión. Se supone que el juez, en casos como éste, sopesa el beneficio al que puede acogerse el reo y, a la par, el efecto que su libertad puede tener en la sociedad o en los círculos concretos que fueron objeto de su acción criminal. En el pesaje de estos condicionamientos, puede más para la sectaria magistrada la alegría de las puertas abiertas que el pesar de las víctimas y de sus familias y que el propio sentido de la justicia. Tal vez se lo dicte esa peculiar religión, o lo que sea —me resisto a llamar religión a eso—, que alumbra los pasos personales y profesionales de quien espera que llegue el apocalipsis cualquier día de estos. Su creencia declarada y sus confesiones pasadas a revistas de la secta en cuestión dan algunas claves, aunque no todas, del proceder de la muchacha: es inhumano, dice, que un preso esté encarcelado durante treinta años. Posiblemente sea algo menos inhumano que vaciar un cargador en la sien de alguno «de los otros», que es como califica esta individua a quienes se sitúan enfrente de los asesinos.


En recientes declaraciones —carne de expediente por parte del timorato Consejo de Poder Judicial— insiste la novia de la reinserción en lo mucho que sufren los activistas de ETA que ella excarcela: algunos, asegura, tienen que llevar escolta para protegerse de los suyos y de esos otros a los que hacía anterior referencia. Es decir, juega al conocido «equilibro» que tanto pregonan quienes quieren hacerla nada menos que «defensora del pueblo vasco». El etarra reinsertado estaría, como Jesucristo, entre dos fuerzas que harían difícil su vida: una, la de sus antiguos compañeros y asesinos activos, y otra, la de quienes compañeros y asesinos activos, y otra, la de quienes luchan contra el terror. Ruthita y el eterra, en medio, las víctimas en el cementerio y sus familiares en la oscuridad. Perfecto. A este paso resulta indudable que se va a hacer merecedora del premio Sabino Arana que ya ha distinguido a algunos especimenes fascinantes como Margarita Robles, Miguel Herrero o Francesco Cossiga, el idiota italiano.


Todos los togados que de forma tan fría como repugnante aplauden la actuación de esta juez y cuyos nombres y filiación están en la mente de todos (y en no pocos medios de comunicación) juegan también al distanciamiento del «conflicto», usan el lenguaje izquierdosamente correcto y tratan sin disimulo de coquetear con todos los que se enfrenten  a la derecha gobernante por el mero hecho de ser esta quien es. Son posturas indudablemente políticas que ignoran el sentir ciudadano y la más mínima piedad solidaria con quienes de verdad sufren el terror: las víctimas del mismo, no los verdugos e


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