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29 de mayo de 2020

Los golpistas de Nissan


Tener a un sujeto como Iglesias en el Gobierno comporta muchos riesgos, más allá de los relacionados con la decencia

Para Pablo Iglesias, y el resto del Gobierno que mangonea, todos somos golpistas. Es golpista la Guardia Civil, la Policía, los jueces, la oposición y una buena parte de los medios de comunicación. Todos queremos promocionar una asonada mediante la cual desmontar el gobierno legítimo de Sánchez, evidentemente, por medios ilegales. Eso dijo el vicepresidente en esa cosa que preside Pachi López y que parece ser algo relacionado con una comisión de reconstrucción nacional, lo cual lleva a la chanza, pero que no conviene que nos despiste. No nos equivoquemos: el numerito acusando a Vox de golpista lo llevaba preparado de casa Iglesias para distraer la importante noticia del día que afecta a no pocos trabajadores españoles residentes en Cataluña. Nissan, la empresa japonesa, ha dicho que se va de Barcelona. Como seguramente dirán algunas empresas más a poco que las circunstancias les inviten a ello.

Analicemos el escenario. La violencia «soberanista» que apoya sin disimulo Iglesias y su chusma, bloqueó la cadena de producción de la fábrica japonesa durante los aciagos días en los que los hiperventilados independentistas escenificaron un desafío al Estado. Fueron jornadas en los que cualquier empresario que se juega su dinero en un territorio tan inflamable se lo piensa dos veces a la hora de apostar por su continuidad en un lugar donde cualquier situación desfavorable es posible, sea la insurrección o la anecdótica declaración de una idiota asistenta de Ada Colau diciendo que había que acabar con la industria del automóvil. Si usted se apellidara Nissan, convenga conmigo que se lo pensaría dos veces antes de continuar en un país en el que el presidente del Gobierno pacta con los herederos de una banda terrorista la legislación mediante la cual habrán de gobernarse los trabajadores españoles. Si yo soy el señor Nissan y sé que tengo que entenderme con un gobierno que pacta con filoterrroristas su política laboral, ciertamente me lo pienso. Es evidente que yo, señor Nissan, me arriesgo a que el inexplicable Pablo Iglesias también me llame golpista, pero sé que en el fondo los españoles entenderán que los empresarios de verdad funcionamos con otros componentes espacio-tiempo. Las empresas no quieren inseguridad jurídica, no quieren ser marionetas en manos de imbéciles con votos, no quieren arriesgar el dinero de sus accionistas por asuntos tan sumamente vaporosos como la independencia y no quieren prestarse a experiencias sociopolíticas de signo incierto que pueden destruir sociedades prósperas como se destruyó la venezolana. Las deslocalizaciones están a la orden del día, pero lo único que hay que preguntarse es por qué se mantienen las factorías en el Reino Unido o en Alemania y, en cambio, no se mantienen aquí. O por qué se perdió un importante contrato en Astilleros que en el sur de España habría resultado tan importante.

Nissan se va como tantas otras empresas se fueron de Cataluña. La ensoñación republicana tiene su precio. Y la existencia de un gobierno presidido por un adolescente -por ser amable- y vicepresidido por un marxista-leninista solo preparado para la insidia y la revuelta, también tiene su precio. Tener a un sujeto como Iglesias en el Gobierno comporta muchos riesgos, más allá de los meramente relacionados con la decencia, y es que factorías como Nissan se vayan y dejen a veinte mil trabajadores «con la calle pa correr», que es como se quedaban los mineros de mi pueblo cuando no les quedaba otra cosa después de la reconversión de aquel principio del siglo XX. A poco que se les deje manos libres, esta zahúrda de matones y chulánganos nos va a arruinar más de lo que es capaz cualquier crisis episódica motivada por la biología y la mala leche de un virus. Que, a vista de pájaro, ya no sé si es el único saprofita que nos acucia.

 


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