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16 de enero de 2009

El deseo y el esfuerzo


ENTRE el deseo y la obtención del mismo siempre ha estado el esfuerzo. Es cierto que en algunas ocasiones han podido mediar el azar, la lotería, la chiripa, la flauta que suena mediante el resoplido de un burro, pero son las menos ocasiones. De nuestros padres aprendimos que desear o soñar era el primer paso de, por lo general, una larga carrera de obstáculos: tardaron años en poder juntar para el seiscientos y sudaron tinta para pagar las letras del televisor que ilustró nuestra infancia. Ellos trabajaron para dejarnos un pequeño capital de enseñanzas y bienestar. ¿Qué hemos estado, en cambio, haciendo nosotros? Una colosal crisis de valores ha llevado a la sociedad a considerar que determinados marcadores de prosperidad podían conseguirse mediante el crédito fácil, rápido, no mediante el trabajo continuo y sacrificado. Así, no pocos matrimonios de edad intermedia han alcanzado un estadio de placidez social en el que no ha contado el calentamiento laboral necesario: el banco nos ha dejado dinero barato y con lo que sobraba de pagar la casa nos podíamos permitir un fin de semana en Nueva York y unas vacaciones invernales en la nieve. Sólo con el poder omnímodo de nuestra nómina. Como las situaciones nadie preveía que podían cambiar -el mundo va bien, todos prosperamos, hay dinero en la calle-, las alegrías presupuestarias hacían santiguarse a aquellos que sudaron sangre para conseguir siquiera vivir de alquiler. Ahora, cuando todo ha estallado, cuando una de las dos nóminas ha desaparecido, nos hemos dado de bruces con la realidad, con el fin del sueño. Nuestro comportamiento ha generado unas deudas que tendrán que pagar nuestros hijos, a los que no les dejaremos lo mismo que recibimos de nuestros mayores.
 
Pero el catacrak no nos ha acabado de abrir los ojos. Miramos al poder y le culpamos de no haber esgrimido persuasivamente la conciencia que nosotros no hemos tenido, pero el poder también está en crisis y aún es hora de que alguien, desde la poltrona de mando, asuma el discurso duro del esfuerzo. Buscamos la solución en el número de trabajadores, no en el sueldo de cada uno de ellos: ante las dificultades, se permite que las empresas prescindan de la mano de obra, pero no se contempla que reajusten el dinero a repartir. El trabajador entra en el deprimente circuito de los subsidios e intenta con ello ganar tiempo; el empresario se evita negociar duramente una conciliación; el gobierno, por fin, no tiene que trasladar el incómodo mensaje de que hay que trabajar más y cobrar menos por ello. Nuestra deuda colectiva crece, se narcotiza momentáneamente el efecto básico de la crisis... pero no se piensa en un futuro que está a la vuelta de la esquina. ¿Qué pasará cuando se agoten los recursos a repartir?
Otra de las graves crisis de nuestro tiempo, la de liderazgo, se muestra ahora en toda su crudeza. ¿Dónde está el líder capaz de trasladar el mensaje de que hemos vivido engañándonos todos con un sistema de vida en el que la consecución de objetivos no ha dependido estrictamente del esfuerzo colectivo, sino del espejismo de la burbuja crediticia? ¿Hay líderes en el mundo capaces de garantizar tan sólo sudor, lágrimas y recortes? Los mensajes que hasta ahora se están trasladando a la sociedad -quizá con la sola y tímida excepción de Angela Merkel- no evidencian la necesidad imperiosa de renuncia de provechos poco explicables desde el binomio esfuerzo-rendimiento, no comunican con suficiente énfasis que es la hora de las responsabilidades, la individual primero y la colectiva después. Nadie insiste, desde las altas esferas de decisión política, en que esta es la hora de la iniciativa, y pocos parecen entender que este no es tiempo de estirar más el brazo que la manga: no es el momento de crear ministerios propagandísticos, estructuras administrativas absurdas, embajadas de comunidades autónomas en Berlín u obras innecesarias en enclaves poco pertinentes, desde una glorieta a un túnel o un tranvía. Es el momento del trabajo, la imaginación, la anticipación y la prudencia.
 
Hoy Churchill, sin ir más lejos, no sería elegido líder de ninguna sociedad: daría mal en televisión, su inteligencia dialéctica resultaría excesivamente agria y su mensaje de «blood, sweat and tears» sería considerado poco menos que una traición por las acomodaticias masas mimadas por los estados paternalistas. Hoy resultan electos aquellos que resultan incapaces de establecer una crítica sensata de nuestro modelo de valores. Esas son palabras malditas. Los líderes de este siglo parecen hechos de la misma pasta de aquellos que han creído -hemos creído- que nuestros deseos se verían cumplidos simplemente con desearlos. Lo pagarán nuestros hijos, claro. Nuestros padres, entretanto, nos miran asombrados.

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