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14 de febrero de 2003

Que no privaticen mi conciencia


«Nadie quiere la guerra. Claro que no. Pero muchos de los que dicen no quererla son aquellos que no han querido ver el avance del enemigo ni reconocerlo como tal; algo parecido ha ocurrido con el terrorismo en España»

La guerra; ya está aquí. En realidad, la misma guerra. Siguen abiertos diversos conflictos armados en el mundo —a los que deberíamos llamar guerra— y, en cambio, sólo entendemos que está a punto de estallar de verdad cundo los norteamericanos andan de por medio. Pero, como sea, está a la vuelta de la esquina: los motores internacionales se han puesto en marcha y la tomas de postura se suceden unas a otras en lo que se anuncia será una permanente contradicción: Señalaba días atrás en este mismo espacio César Alonso de los Ríos que algunos de los que hoy desechan la idea siquiera remota de intervenir en Irak acabarán dando su respaldo a la intervención armada; tiene razón el sabio palentino cuando afirma no conocer a nadie en su sano juicio que esté, de por sí, a favor de las guerras. Yo tampoco. Pero, en cambio, conocemos a muchos seres humanos que cambian de criterio ante las guerras según quien las convoque. Europa, que, le pese a quien le pese, es vieja, anda dividida en los previos en virtud a la convicción antigua de que Francia y Alemania forma su núcleo duro y la génesis misma de su existencia: todo lo que se aparte de sus tomas de postura será siempre una forma irresponsable de fracturar la unidad conceptual del continente político. Cuando Gran Bretaña, Italia, España respaldan las intenciones del joven Bus —incluyendo alguno más, entre ellos la Chequia de Havel sobre la que ha reflexionado brillantemente Ramón Pérez–Maura ironizado sobre el olvido que supone la adhesión de una figura sólidamente intelectual como ésta a la acción sobre la finca de Sadam—, parece estar traicionando a Europa y convirtiéndose en felpudos irresponsables de la agresiva política norteamericana. Muchos de ellos parecen olvidar que a EE.UU. le han declarado la guerra y que estos podrían estar actuando en virtud de la legítima defensa: cuando el ejército norteamericano respondió al ataque islamista de Ben Laden organizado desde Afganistán, los mismos que ahora presuponen la debacle anduvieron transitando por el catastrofismo de una manera un tanto apresurada, augurando una larga y sangrienta contienda y una respuesta estadounidense precipitada, desmesurada y feroz. Se equivocaron entonces y podrían equivocarse ahora también. Nadie dice que los dubitativos políticos alemanes —especialmente en rectificaciones políticas en estos últimos tiempos— no cambien el paso a última hora y dejen a los franceses en una incómoda soledad que les obligue también a reconsiderar algunos supuestos. O al revés: quién dice que los franceses, con su habitual cinismo de vendedor de «Mirages», no actúen como tales y cuando vean el problema a las puertas de casa esperen una nueva Normandía. Cuando los bombardeos selectivos comiencen y los «Tomahawk» arrasen las instalaciones operativas iraquíes asistiremos a una curiosa metamorfosis estratégica por parte de algunos; tal vez entonces habrá que replantearse cuál ha sido la parte de Europa que no ha sabido estar a la altura de las circunstancias.


Nadie quiere la guerra. Claro que no. Pero muchos de los que dicen no quererla son aquellos que no han querido ver el avance del enemigo ni reconocerlo como tal; algo parecido ha ocurrido con el terrorismo en España: cuántos de los que hoy se lamentan del mismo e insisten en tender puentes de entendimiento con los asesinos eran los que no muchos años atrás miraban hacia otro lado. Ese mismo colectivo es el que hace suya la conciencia pública y manifiesta ser el portavoz de los que no quieren la guerra, que somos todos. Agapito Maestre lo ha señalado acertadamente cuando asegura que privatizar esa conciencia pública es una forma manifi


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