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21 de febrero de 2003

Un debate absurdo


«Someter a una pobre hija a la brutalidad de un embarazo y de un parto en función de determinados criterios morales es una de las torturas más injustas de las que he tenido conocimiento en los últimos años. Rosa difícilmente pasaría esa prueba»


No acabo de entenderlo bien. Que a estas alturas del partido estemos debatiendo acerca de la convivencia de practicar un aborto a una chiquilla de nueve años víctima de una violación se me antoja un anacronismo de tal envergadura que me hace dudar del tiempo en que vivimos. Sabemos de Rosa —así la llamaremos— que es una niña nicaragüense que quedó embarazada a consecuencia de la violencia de un desalmado costarricense que no contento con dejarla sorprendentemente embarazada también le administró las bacterias necesarias como para provocarle un par de enfermedades venéreas. Sus padres, creo que pobres trabajadores analfabetos, no han dudado en considerar inviable ese embarazo y han dispuesto que su hija se sometida a un aborto eminentemente terapéutico. La legislación de aquel país contempla las suficientes restricciones al respecto como para que tengan que intervenir varios tribunales médicos y la Procuraduría de la Nación, los cuales se han enfrascado en una controversia acerca de la conveniencia de interrumpir ese embarazo en la que no ha faltado la opinión de la Iglesia local. Entretanto debaten, Rosa, una criatura de nueve años, nueve, asiste inocente a la multiplicación orgánica de sí misma. ¿En qué cabeza cabe que una chiquilla así pueda soportar un embarazo y su consiguiente parto? ¿A quién, en su sano juicio, se le ocurre pensar que existe alguna posibilidad de que eso pueda acabar bien?


A nadie le gusta el aborto. Desde luego, a mí no; y nadie, que yo sepa, aborta por gusto. No es un deporte satisfactorio ni un diversión de fin de semana con la que solventar un par de calentones. Y si así fuera la legislación debería intervenir adecuadamente. Pero someter a una pobre hija a la brutalidad de un embarazo y de un parto en función de determinados criterios morales es una de las torturas más injustas de las que he tenido conocimiento en los últimos años. Rosa difícilmente pasaría esa prueba. Ni siquiera existen garantías de que lo que hoy es un feto pudiera salir adelante. Un legrado, traumático sin duda, ocasionaría mucho menos daño. Y lo que me parece mentira es que esté justificando una cuestión así: me doy cuenta, ahora que ando a media columna, que estoy fundamentando lo obvio, cosa que me descompone. Podría darse el caso de que la familia tuviera que salir de su país para poder evitar la salvajada de obligar a la niña a parir, una clínica madrileña se ha brindado para intervenir y solventar el doloroso trámite quirúrgico. No habrán de faltar voces —y es lo que me sorprende— que se alcen contra esta iniciativa y que proponga seguir con el curso normal de las cosas para así «salvar ambas vidas». Tal vez ignoren, en su buena fe, que la arquitectura física y biológica de Rosa no está preparada para dicho trance y que la solidez psicológica de alguien que ha sido violado con nueve años no es la más adecuada para verse madre de alguien que, como mucho, podría ser su hermano pequeño. En el caso de sobrevivir, claro.


Los médicos, si se tienen por sensatos, no deberían andar calculando las posibilidades de viabilidad de un caso como este. La Iglesia, si se tiene por piadosa, no debería jugar a equidistancias asépticas, y la justicia, si se tiene por ecuánime, no debería perder un solo minuto más en revolver las páginas de los códigos civiles. Que curen a esa niña de las enfermedades que padece, que le interrumpan esta pesadilla y que intenten recomponer su futuro estabilizándola de un trauma terrible que le habrá de perseguir de por vida.
No pretendo, sinceramente, violentar sensibilidad alguna, pero no sé por qué escribo de algo tan evi


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