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21 de agosto de 2005

Alfonso Rodríguez 'El Cani', cuerpo de madera antigua


Cuarentón prudente al que envuelve un halo de ternura y otro de golfería 

Galinier por parte de madre (doña Magdalena), a Alfonsito le viene la gracia por imposición inevitable. Su padre, Alfonso, que fue subalterno de la fugaz carrera de Pepe El Manteca y al que llamaban El Cani por su exquisita y rubia delgadez, su tío El Beni de Cádiz, rayo inacabable de ingenio feroz, y su otro tío Amós Rodríguez Rey, obispo civil del conocimiento y la parsimonia, volcaron en este sujeto todo el talento acumulado durante generaciones de gente experta en buscarse la vida sin ofender a nadie. Tieso riguroso pero elegante y digno, jamás ha llorado ni lamentado su pésima suerte con el mundo laboral; antes al contrario ha demostrado ser un trabajador enjundioso y obsesivo que mataría por encontrar el puesto adecuado para sus condiciones. Pero los trabajos no dejan de ser una permanente sensación de aguacero. A El Cani, como a los toreros de arte, no le sirven todos los toros, por eso sigue sin encontrar aquello que le brinde la jubilación pendiente. Como novillero que fue no se caracterizó por un exceso de valor, pero sí por un gusto extraordinario corriendo la mano: en el que iba a ser su primer y exitoso año taurino, tras ver los toros que le tocaron en suerte, se dirigió a su apoderado y le dijo: «Querido Vicente: damos por finalizada la temporada». Nos perdimos sus amigos el placer de escuchar cualquiera de las historias que hubiese contado como consecuencia de su paso por las plazas, como aquella vez que le espetó a un aficionado: «¿Usted nunca ha visto cortar una oreja?», después de que éste le relatara, poco antes de salir al ruedo, las muchas cornadas casi mortales de las que había sido testigo. Cuarentón prudente y educado al que envuelve permanentemente un vaho de ternura y otro de golfería, Alfonso es hombre de medida justa para las caderas de mujeres valientes: sigue esperando a la novia adecuada que sepa entender su caballerosidad antigua y su mirada picarona: a aquella novia norteña a la que tanto quería la perdió por hacerle pasar una tarde de calor en la Sevilla de ferragosto. Se quejaba su no suegra de que siempre que llamaba por la tarde nuestro hombre estaba echando la siesta, su gran especialidad –«en verano soy hombre almohada, Carlitos»–, y que eso no era propio de hombres emprendedores; con lo que esperó el día adecuado para su venganza. Éste llegó la tarde en la que llegaban madre e hija a conocer la ciudad del Guadalquivir: cuarenta a la sombra y va mi Cani y aparca su utilitario al sol con las ventanillas cerradas; llegan ambas y las sube al auto sin abrir ni un centímetro, «están estropeadas»; les propone entonces enseñarles la ciudad… A lo que responde la madre: «¿Ahora?, ¿con este calor...? Mejor descansamos un ratito». En ese momento se vuelve el orgullo herido del sevillano y dice: «¿Cómo?, ¿a dormir la siesta...? No, mi alma, no, ahora a ver la Giralda y la plaza de España». Huyeron despavoridas.

Poseedor de una jerga única, podría parecer que Alfonso siempre habla en clave. Nunca responde «bien» cuando le preguntas cómo está; te dice «sin pega de nada». Jamás pide una cerveza; le dice al camarero «voy a entrar en salpicona». En lugar de decir «de acuerdo» dice «es lo suyo». En lugar de «ya es suficiente, gracias» prefiere «suspendan inmediatamente». Generoso en la risa –desconfía por igual de la gente «que no se ríe ni en el látigo» como de los que, al contrario, «parece que se han tragado a Milikito»–, su capacidad para resumir en dos palabras toda una exposición metafísica resulta proverbial. Hombre de corazón noble y desp


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