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28 de noviembre de 2004

Nuevas ciudades intercambiables


Les gusta la casa de sus abuelos, pero prefieren un coche último modelo 

Luego dicen los arquitectos que son víctimas de la incomprensión y de la falta de visión en el futuro que, por lo general, muestran quienes critican sus obras. Puede. No digo que no. Pero permítanme los profesionales un par de reflexiones probablemente injustas. Las ciudades, en su expansión más allá de lo que se han considerado centros históricos, ya no se diferencian en nada. Si uno pasea por los nuevos barrios de Bilbao, de Vitoria o de Albacete, verán que se trata de una copia idéntica de los de Sevilla o los de Zaragoza. El centro de Vitoria, ya que la cito, es una muestra bastante serena y bien rehabilitada de una forma de ser, de un carácter histórico y estético, completamente diferente al de la judería de Córdoba o al caserío de lo que queda del centro de Almería antes de la criba criminal de los diferentes alcaldes del franquismo. Y es lo lógico. En cambio, si cerramos los ojos a cualquiera de los moradores de estas urbes y los llevamos a cualquier barrio de nueva y flamante construcción, difícilmente sabrán en qué ciudad se encuentran. Todas son iguales. Exactamente iguales. El tipo de bloque que se construye en Sanchinarro, Madrid, es una copia perfecta del que se levanta en El Puerto de Santamaría, ambos magníficos, por supuesto. De las ciudades, pues, sólo quedará como característico el vestigio del siglo XVII y el horror de los años del desarrollo en los que se perpetraron salvajadas que están a la vista de todos. Aquellas barbaridades por las cuales desaparecieron barrios enteros, en virtud de un progreso de pacotilla del que ahora lamentamos parte de sus consecuencias, sembraron las ciudades españolas de mastodónticas y espantosas construcciones que, lo siento mucho, llevaban la firma siempre de un arquitecto. La cosa no era sólo responsabilidad de los políticos elegidos a dedo por el jefe provincial del Movimiento... también lo era de quienes diseñaban aquellos horrores, tal vez víctimas como todos del mal gusto de la época.

Cuando a los arquitectos amigos se les pregunta por la diferencia entre las fachadas espléndidas del ensanche barcelonés, por poner un ejemplo, y las construcciones técnicamente irreprochables pero estéticamente planas de las nuevas viviendas, te señalan la paradoja de que a los clientes les guste la casa de sus abuelos, por así decir, pero que prefieran un coche último modelo en lugar de un Ford T de aquel entonces. Todos quisieran vivir en un esplendoroso edificio de inspiración modernista, pero de ningún modo quieren un coche que no sea un BMW de ahora mismo. La reflexión, siendo correcta, me parece incompleta, ya que adolece de un análisis formal de las razones de esa elección: las casas de sus abuelos, con todas las deficiencias técnicas imaginables y las carencias elementales de su tiempo, son mucho más bonitas y se corresponden a una línea estética que, por lo general, ha caracterizado a su ciudad. A una casa antigua se le puede poner calefacción moderna; a un Ford T, no. Algo ha de permanecer en el paisaje para que éste nos haga saber dónde estamos, y ese algo es el entorno urbanístico. Cuando los nuevos paisajistas urbanos diseñan las ciudades pensando en la inmortalidad a cien años vista, están pensando exclusivamente en sus nietos, no en sus contemporáneos, y ése es el problema. En cualquier caso, las ciudades son lo suficientemente grandes como para que se experimente en nuevos territorios: un puente de Santiago Calatrava está bien Guadalquivir arriba, pasada la Expo del 92, donde está, no en el mismo centro de Triana. Otra cosa es adecentar el espanto si éste asoló cincuenta años atrás la ciudad. Segovia, por ejemplo, ha guardado, con excepciones, una línea de equilibro bastante interesante entre lo antiguo y lo que se ha ido remozando. Vista desde arriba presenta una armonía aceptable, como Toledo. Pero no todo ha sido así, entre otras cosas porque muchas ciudades han carecido de una personalidad tan marcada. En fin, a partir de ahora, los nuevos barrios de cada capital que se precie de serlo podrán resultar absolutamente intercambiables. Menos mal que quedan las figuras, que, como sabemos, forman el auténtico paisaje.


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